“ES IMPOSIBLE RECORDAR EL CANTO DE LOS CANARIOS CON TANTO RUIDO” NIDIA MARINA GONZÁLEZ VÁSQUEZ: PREMIO PILAR FERNÁNDEZ LABRADOR 2024 | REVISTA AJKÖ KI No 4

“ES IMPOSIBLE RECORDAR EL CANTO DE LOS CANARIOS CON TANTO RUIDO” NIDIA MARINA GONZÁLEZ VÁSQUEZ: PREMIO PILAR FERNÁNDEZ LABRADOR 2024 | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

“ES IMPOSIBLE RECORDAR EL CANTO DE LOS CANARIOS CON TANTO RUIDO”[1]

NIDIA MARINA GONZÁLEZ VÁSQUEZ: PREMIO PILAR FERNÁNDEZ LABRADOR 2024

 

Por: Yordan Arroyo[2]

La poeta ramonense-costarricense Nidia Marina González Vásquez recibió en octubre 2024, en Salamanca, España, el XI Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador” gracias a su poemario Atrapanieblas (2024), al que acompaño con unas muy modestas palabras, reflejo de mi experiencia como lector. Pero antes, debo mencionar que estamos frente a la cuarta persona, primera mujer, de Centroamérica en recibir este premio. Antes de ella lo han merecido, en su respectivo orden cronológico: Juan Carlos Olivas (El año de la necesidad, 2018)[3], Luis Borja (Umit, 2019)[4] y Dennis Ávila (Los excesos milenarios, 2020)[5]. Me honra ser una de las personas que obtuvo, de su puño y letra, uno de los pocos ejemplares que esta autora recibió antes de regresar a su pequeña e imaginada patria costarricense.

Atrapanieblas es un libro relativamente pequeño en cuanto a poemas, cincuenta páginas divididas en tres partes (“Goteo de niebla” (pp. 17-24), “Tiempo de atrapanieblas” (pp. 27-52) y “Hueso de agua” (pp. 57-67)). Incluye, además, un prólogo corto del poeta español Carlos Aganzo y veintiséis páginas de traducciones del poema “Agua florida”, coordinadas por el poeta peruano-español Alfredo Pérez Alencart[6], a las siguientes lenguas[7]: inglés (Ivonne Gordon), malgache (Janie Raharivola), italiano (Vito Davoli[8]), euskera (Roberto Mielgo Merino), creole haitiano (Gahston Saint-Fleur), hindi (Vikash Kumar Sing), francés (Bernadette Hidalgo Bachs), estonio (Jüri Talvet),portugués (Leonam Cunha), letón (Vita Viksne), rumano (Rodica Grigore), griego (Athiná Stylianí Michou), quechua (Noemí Vizcardo Rozas), búlgaro (Violeta Boncheva), danés (Helge Krarup), catalán (Carles Duarte i Montserrat), maya (Gumercindo Tun Ku), árabe (Abdul Hadi Sadoun), alemán (Nely Iglesias y Beate Igler), indonesio (Yohanes Manhitu), pashto (G G. Walizada Sarah), neerlandés (Mick Van Goethem), bengalí (Mainak Adak), persa-dari (G G. Walizada Sarah), malayalam [India] (Sanil M. Neelakandan), georgiano (Vladimer Luarsabishvili) y uzbeko (Dilrabó Bakhronova).

Respecto a contenidos e impresiones, en términos generales, este poemario se encuentra permeado de elementos de la naturaleza (uno de los puntos altos de la identidad creativa de esta autora), símbolos, emociones, ausencias, dolor-cicatrización, búsqueda, denuncias, femineidades, recuerdos, creación-reconstrucción, infancia, maternidad[9](constelaciones filiales), poemas largos divididos en secciones y destaco, particularmente, sus planos visuales y artísticos muy propios del mundo personal-profesional de su autora, quien además de poeta es artista plástica. Este asunto no es nuevo, sino que lo trata en casi todos sus libros de maneras distintas. Tal es el caso del texto de apertura “Lienzo en blanco” (p. 17):

Calcular los arrepentimientos sobre el blanco,

mojar el pincel con aire para pintar aire

con mar para pintar la mar (igual que Plasson).

Calcular la huella que no es visible.

Tal vez somos imposibilidad de la certeza

o es el instinto salvaje y poderoso

que emborrona el agua.

Gotea niebla en el lienzo que es la piel.

Pentimento en la grisalla y el empaste

vuelta a la hoja

tratar de recuperar el blanco

como si se pudiera.

Que el pincel mojado de niebla,

vocalice el color que se lleva en los dedos (p. 17).

Aquí confabula, a través del acto de construir ideas sensibles, el proceso creativo de pintar y el de vivir. Quizás para González Vásquez es imposible separar ambas facetas, así como separar el negro del blanco (se nutre uno del otro). Por eso, conocer su obra es descubrir fragmentos importantes de su vida; no a la manera de un “yoísmo” desmedido que abruma gran parte de la poesía contemporánea, me refiero a su interior, a los pinceles que habitan su piel, mente y pecho. Versos clave son los siguientes, porque amparan mi dictamen: “Tal vez somos imposibilidad de certeza / o es el instinto salvaje y poderoso / que emborrona el agua”. ¿Qué poeta o pintor no duda ante el vértigo del proceso creativo? O ¿qué ser humano no duda frente a los enigmas y retos de la vida? Esto nos conduce a liberar nuestro lado animal, el Apolo y el Dioniso enfrentándose a diario.

En ese sentido, la búsqueda del atrapanieblas es polisémico y por eso gran parte de estos textos están escritos desde la tercera persona y no la primera. Existe, en el plano lingüístico, una separación programática del uso tradicional del “yo” para darle espacio al lector o a ese ser humano que deambula con extrañeza por el lienzo infinito de la vida. Así como el atrapanieblas es parte de un sistema para atrapar las gotas de agua diminutas que existen en la niebla, la vida y los procesos creativos también lo son. González Vásquez es consciente de estas dinámicas. Ella propone diferentes imágenes e ideas para contemplar el atrapanieblas como un proceso de recuerdos, sentimientos, búsquedas, hallazgos y reconciliaciones. En varios de los poemas de este libro el lector podrá encontrar mundos detrás de la niebla. La propia niebla mojada en el pincel es una posibilidad más de vida, de contemplación-(re)creación-reacción profundas.

Este mismo espacio de reacciones de tipo filosófico conducen al sujeto lírico, en el poema “Rezo a un dios desconocido” (pp. 18-19) a pensar en un tipo de divinidad distinta a la tradicionalmente conocida en Occidente. Hablamos de buscar en el concepto de dios, mediante el sistema del atrapanieblas, bucear por aquellas pequeñas gotas de agua que sólo podremos apreciar mediante un proceso minucioso de contemplación-(re) creación-reacción. Esto explica por qué una invocación a un supuesto dios de los agnósticos[10], quizás aquel mencionado por Baruch Spinoza y según sé, replicado por Albert Einstein. González Vásquez reniega sobre las posibilidades de adorar a una divinidad ególatra: “altares ostentosos que nunca pediste” y además, prefiere que no tenga género. En este plano predomina su ética humanista-feminista[11], para voltear su mirada hacia una tradición de poetas centroamericanos panteístas, asunto visible desde el siglo XIX, aunque, hasta la llegada del siglo XX, principalmente en hombres.

Pero no sólo eso, entender la vida y el propio proceso creativo como si de un atrapanieblas se tratara le permite a González Vásquez contemplar la idea de dios como parte del lenguaje, del macrocosmos sagrado; de todo aquello que nos rodea, nos sensibiliza y de una u otra forma nos acompaña en nuestras andanzas cotidianas: “Alebrije, Libélula[12], Sol y Universo”. Acaso un dios más múltiple que el de los propios teósofos hispanoamericanos de finales del siglo XIX e inicios del XX. Ella agrega esa pieza prehispánica del rompecabezas que tanto ama y que la redefine como mujer centro-hispanoamericana: “Pedacito de Buda, de Jesús, de Ixmucané”.

Dios de González Vásquez, así, sin artículo (el-la), es una gota diminuta que brota de la niebla y en ella hay otras gotas todavía más diminutas, pero la única manera de apreciarlas y darles su respectivo valor es con el atrapanieblas[13]puesto en la mirada del pecho y en lo más profundo de nuestros órganos o acaso árboles o animalitos del bosque cubiertos por una piel tan sensible como la propia naturaleza: llena de vida, voces, pensamientos, emociones sentires, sonidos y símbolos, asunto más que claro en su poemario de próxima publicación en Italia (Curvaturas de la piel).

En este aspecto de lo sagrado, también es importante destacar la idea de libertad por la que apuesta este libro. Existe una utopía de silencio, en tanto inclinación casi mística. González Vásquez entiende perfectamente que el poeta de oficio no debe depender del exceso de ruido, vanidad, pues este atrofia su proceso creativo. Por eso, en el poema “Diatriba de las alas” (p. 31), el sujeto lírico nos sugiere, básicamente, que las “alas” (como metáfora de la dependencia y obsesión por la fama) son “una moda del siglo XXI”. En este aspecto resulta importante su experiencia de vida. Ella convive en una cultura del espectáculo que depende cada vez más de las redes sociales (dinámicas de la web 2.0), espacio en donde es cada vez más común encontrar a diferentes artistas vendiendo “humo” debido a que su “arte” es muy limitado como para moverse sin depender del autobombo.

También sabe que no hay caminos rectos, sino más bien llenos de peligros, riesgos y desbalances. Esto nos lo sugiere muy bien en el poema “Equilibrio” (p. 22): “Saber caminar no es algo sencillo / y es lo más suave y simple que existe / en la cuerda floja”. Esa cuerda floja es la vida misma observada-contemplada desde la humildad, la sencillez, la duda, la mística, la meditación y el silencio como contraparte del exceso de ruido que no le permitirá, a ningún artista, recordar, como tópico literario, el canto de los canarios[14].

También, González Vásquez es consciente de que así como el poeta debe aprender a borrar lo que está de más en sus textos[15], nosotros, humanos, debemos aprender a borrar lo que está de más o empieza a estorbar en la vida. Esto es visible en el poema “Madrugada” (p. 31), título bastante sugerente porque borrar muchas veces es encontrar la luz en donde muchas veces sólo hay oscuridad, caos y tropiezos: “Borro y quedan / las ondas gravitacionales / las ondas primordiales
/ moviendo suave / la punta de mis pestañas”. Así como borramos versos, siempre quedan los aprendizajes y la madurez de saber cuándo hacerlo, a partir de un control de nuestras emociones en coordinación con nuestro mundo de las ideas. Por eso, como nos lo sugiere la propia poeta, la línea entre existir y desaparecer es sumamente delgada. El principio está en el silencio, en la serenidad y en el goce íntimo del proceso creativo. He allí el camino para utilizar con sensatez el atrapanieblas.

Pero desde su silencio y serenidad meditativa debe aprender a luchar, por medio del arma de la belleza, contra un sistema que pretende ser cada vez más deshumano, razón por la cual odia, incluso, los atrapanieblas y a quienes lo utilizan y promueven su uso. González Vásquez sabe que amamantar sigue y será siendo, universalmente, uno de los actos de vida más humanos, así como abrazar. Esto nos los desarrolla, a través de una propuesta estética muy bella, en el siguiente texto:

Sediciones

En un mundo violento

recoger niebla y tejerla despacio

es un acto subversivo.

Sacarse de los pechos agua nutritiva

es un escándalo.

Hacer posible un cántaro de abrazos

es un acto de rebeldía completamente necesaria” (p. 24).

También, a partir de un poema sumamente hermoso y lleno de vida, como lo es “Dos de la mañana

Disfrazarse de monja

de insurrecta

de hombre.

Disfrazarse de niño

de carnicero

de francotiradora

bajar la voz

sobre la almohada indecisa

antes de las dos de la mañana

olvidar los disfraces

arriesgarse a la ternura,

y salir a repartirla debajo de las flores” (p. 32).       

Pero llegar a este grado de sensibilidad, ternura, observación-creación-contemplación y reestructura es todo un proceso, asumirlo como tal: “Tomará siglos atrapar la niebla” (pp. 41-48). Por eso, quien lea este libro estará ante la voz de un canario maduro en vida, escritura y pintura, frente a quien ya entendió el significado del arte en el acto de evadirse y en la experiencia de atrapar la niebla, hundirse en ella, en sus silencios, oscuridades, luces, abismos y gotas, como quien vive todos los días buscando, en su ser, el significado de la palabra amor y transmitiéndolo en los demás, incluso en quienes iniciaron al viaje hacia la bruma primero que nosotros: “se fue entregando a la bruma / al mismo tiempo que perdió la fuerza con la que tomó mi mano” (En “Umbral (26 de junio), p. 57”)[16].

Y cierro este comentario compartiendo, a mi criterio, uno de los mejores poemas de Atrapanieblas, pues según yo, es en el lecho del órgano cardíaco de donde siguen saliendo fuerzas para sostener el atrapanieblas con la bondad del agua que habita el cuerpo de esta González Vásquez y esperemos, también, de muchos de sus lectores:

 

 

La casa

 

Cuando una mujer se pierde en su propia casa

es por causas mayores

como cambios de tiempo espacio

sonambulismo

desasosiego en el cuerpo

hambre de gata y techo para saltar.

Cuando una mujer se fragmenta, los libros salen disparados

porque no han podido leerse en su voz delgada

y amenaza todo el entorno con volar

en el vendaval de febrero.

Si se pierde en el ajedrez de las losas desiguales

es porque presiente la muerte por el fuego en Chile y Canadá,

y los cielos desmembrados del destierro en la frontera.

Es porque ella y su casa lloran

e intenta ser su propia casa mientras camina en ella

porque otros están a la intemperie

y ese llanto le quema.

Cuando una mujer se pierde en su propia casa

solo le queda el lecho de su órgano cardíaco

que no es poco

sino toda su casa” (p. 27).

Si Virginia Wolf dijo que toda mujer requiere de una habitación propia, hoy González Vásquez recomienda, a toda artista mujer, tener una casa y perderse en ella, porque en el acto de extraviarse, si se aprende a convivir con el atrapanieblas, puede haber mucho de (auto)descubrimiento. Es la casa de un artista el sitio perfecto para convidar a la esperanza y escuchar sus latidos a profundidades nunca antes imaginadas.

 

Referencias:

González Vásquez, N. M. (2024). Atrapanieblas. Diputación de Salamanca.

 


NOTAS 

[1] Verso del poema “Salto en la marea (6 de mayo)” (pp. 58-60).

[2] Poeta y lector apasionado. Máster en “Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia” de la Universidad de Salamanca, misma casa en donde es investigador predoctoral. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[3] Costa Rica.

[4] El Salvador.

[5] Honduras-Costa Rica.

[6] Integrante del jurado del Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador.

[7] Entre paréntesis agrego el nombre del respectivo traductor.

[8] Este autor ha traducido, además, por su cuenta, otros poemas de González Vásquez.

[9] Algunos poemas, sin que resulte un asunto evidente, parecen estar dedicados a su hija. O acaso surgen de su experiencia sensible como madre.

[10] Porque si lo pensamos a fondo, el propio acto de decir “no creo” implica una carga de creencia: creer que no creer. En la propia idea se encuentra la capa de lo sagrado, en el acto de pensar, de construir mundo mediante la imaginación-observación-contemplación.

[11] Cuyo punto quizás más alto se encuentra en su poemario Zurda (2022).

[12] Entre alebrije y libélula existe una clara intención retórica de aliteración. González Vásquez reconoce en el propio mundo de los sonido se encuentra parte de lo sagrado, como necesidad universal.

[13] Por eso, en el poema “Las poetas suicidas” (p. 21), para el sujeto lirico las poetas suicidas tan sólo supieron reconocer los límites de su cuerpo, llegando hasta “fondo sin fondo de su fuerza”. Con el atrapanieblas instalado en el organismo siempre se podrá observar un más allá en el allá.

[14] En el propio término “canto de los canarios” es posible apreciar una aliteración.

[15] O el artista plástico en sus dibujos.

[16] Los últimos poemas del libro son textos fortísimos referentes a la contemplación del duelo del padre y de la madre. Son poemas-rito que sugieren cómo ciertas personas amadas se marchan y a la vez no, pues gran parte de ellas queda en nosotros, incluso en el propio lenguaje que un acto de resurrección a través del recuerdo.