NOSOTROS, LOS HIJOS DEL UNIVERSO, SOMOS UN MITO MÁS: SOREN VARGAS Y SU ÓPERA PRIMA  | REVISTA AJKÖ KI No 4

NOSOTROS, LOS HIJOS DEL UNIVERSO, SOMOS UN MITO MÁS: SOREN VARGAS Y SU ÓPERA PRIMA | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

NOSOTROS, LOS HIJOS DEL UNIVERSO, SOMOS UN MITO MÁS:

SOREN VARGAS Y SU ÓPERA PRIMA

 

Por: Yordan Arroyo[1]

 

En pleno periodo de pandemia llegó, desde la pampa guanacasteca, hasta mis manos el poemario  Dónde no te conocía (2019) de Soren Vargas. Este libro, mayormente en versos de arte menor, reúne poemas escritos durante doce doce años, desde 1999 hasta 2011. Fue publicado por Círculo y Punto, editorial independiente dirigida y fundada por el propio Vargas y se encuentra dividido en tres partes: “La necrópolis de los niños” (pp. 11-27), “Luz cenital” (pp. 29-59) y “Vocal” (pp. 61-78).

Dentro de las interrogantes posibles para iniciar un diálogo podríamos preguntarnos ¿qué hay de costarricense en este libro escrito por un autor nacido en 1981? Asimismo, quizás algunos lectores se pregunten ¿qué hay de guanacasteco? Para quienes conocemos el compromiso y la cercanía de Vargas con Guanacaste y su cultura-literatura, la respuesta es mucho[2] y a la vez no. Depende de lo que entendamos por costarricense y por guanacasteco o qué definamos por poesía costarricense y poesía guanacasteca.

En el presente caso, prefiero no limitarme a este tipo de clasificaciones, pues este libro no me lo permite mucho; por eso, poco interesa, en esta ocasión, tal disyuntiva. Más bien, para romper tales barreras, en varias ocasiones reduccionistas (depende del enfoque que le demos), prefiero hablar de un poemario enfrentado al quehacer de la duda, vértebra de donde nace el mito. Este punto, entre otros, es clave en el texto que da cierre al libro:

 

Hijos del universo

 

Los poemas fueron rayos blancos.

Un día las palabras me fallan.

Rumorar ya no es de viejos

sino de truenos.

La sala amarga los ventanales del cosmos.

Fulgor violeta de la última noche

que vi sobre el asfalto, el agua.

 

¿Quién hace de dios cuando el universo agoniza?

Solo queda un rito:

el ayer es la tierra de los perdidos.

Y la bestia, la que se atragantó con tu infancia,

te muestra el tiempo en los iris

de un animal trascendente.

 

Es la última noche del sol

y la primera del verso.

 

Mañana el tiempo será clausurado.

Y mi planeta, tan azul como incierto,

dará paso al mito.

 

El mito del triunfo de la belleza.

El mito de la voz cósmica, del verbo.

Porque fueron abismos negros

los que formaron la galaxia...

Es la luz negra, pálida. Es el fin

de hoy. Es el mañana

cuando quedaremos absueltos, los hijos

del universo” (pp. 77-78).

En este texto aparece parte del hilo que ata la discursividad de este libro, el enfrentamiento entre el presente y el pasado: “Solo queda un rito: / el ayer es la tierra de los perdidos […] Mañana el tiempo será clausurado”. Es allí donde respira el mito como componente universal, como origen de nuestros orígenes, del propio lenguaje, del amor, la luz, la noche y nosotros mismos, hijos el universo. Por este motivo, no es casualidad que en varias ocasiones nos dé la impresión que estamos leyendo la voz o los balbuceos de un niño amante de los colores y las imágenes visuales, aunque a veces también la de un adulto, sin caer en clichés, cuestionando, desde el lenguaje mismo (“a veces siento / que ya no habitas / en el lenguaje / de los vientos” en “Perfiles del silencio”, p. 27), su era-época de tecnologías.

La voz lírica de este libro vive en constante duda frente al mundo en donde habita. Otras veces es un ser, en todas sus edades (véase “El monstruo”, p- 41), acudiendo a la interrogante qué significa ser humano o qué implica vivir en un mundo donde imperan el ruido, la vanidad y los objetos mercantiles: “El mundo es un pasado remoto / que contemplo detrás del cristal. /El mundo no es lo que pensamos” (en “El mundo es…”, p. 25), “Como ir a recorrer sola / el mundo” (en “Noticia de un amor libre”, pp. 39-40) y en donde quizás la única salvación se encuentro en la ficción, en el acto de imaginar, en el silencio, en el amor, en la luz y en la evasión. Allí es posible ahondar hasta llegar a los puentes que comunican nuestra vida con el mito, puente que comunica el ayer con el hoy, vértebra suprema del universo.

Quizás esa frontera de la vida de la que nos habla o que nos sugiere este libro hoy la almacenamos en un disco compacto que proyecta parte de lo que somos conforme se vaya reproduciendo, tal cual se asimila muy bien en el siguiente poema, escrito para perdurar a lo largo del tiempo, pues la vida seguirá cambiando, aunque el sonido y la imagen, así sea con formatos y soportes diferentes, nos perseguirán siempre, pues son parte ineludible de nuestro universo:

 

Esta es la generación nuestra

 

Tenemos todo el día

para hacerlo grande.

Una casa minimalista

frente a las inmensas costas. Una pantalla que domina la sala. Y el satélite

sigue dando vueltas.

 

No tenemos

de qué preocuparnos.

Los mil ciento dos cd

suenan desde la absoluta claridad del cuarto.

La cama está iluminada por un espacioso océano.

Los mil ciento dos cd en mp3.

La brutal descarga de Radiohead.

Y la pantalla comprueba

que el resto del mundo existe.

 

Los grandes cambios de esta época

son agradecidos por la imagen

y por el audio.

Lo único que se puede hacer

es cambiar la imagen

y escuchar:

 

Joven, esto es lo único que se puede hacer:

cambiar la imagen

y escuchar” (pp. 42-43).

Vargas proyecta, a través de su libro, una necesidad, deseo o decisión de huir de aquello que él y otras personas han llamado “el mundillo”; es decir, lo más degradado y pretencioso del campo literario. Vargas cree, con certeza, en cierta mística, en una búsqueda, refugio o evasión a partir del lenguaje como componente simbólico, aspecto que va más allá de qué es guanacasteco o costarricense: “Te pierdes / y todo desaparece / como un ligero movimiento / de codicias / en un mar de ciudades” (en “Te pierdes”, p. 34). Esto explica el porqué de sus ciertos coloquialismos. También, el afán de huir del ruido y refugiarse en la noche y en el silencio: “Pienso en un paseo en donde nadie quiere hablar” (en “Paseo biomecánico sin alma”, p. 35).

Aunque también aparece escritura en tono simbólico: “Ella ve / por la ventana / las calles barridas / por la lluvia / bajo los viejos faroles” (en Inside out, pp. 36-37) ¿Acaso ella no es la vida[3]? Quizás sí, quizás no. El componente simbólico en este libro, desde la plurisignificación del mar-agua, es muy importante, véase aquí en tono onírico “Anoche soñé / navegando en tus aguas / oscuras” (p. 38) o en tono existencial: “Y si fuimos niños / que teníamos vetado el mar, / hoy, en la zona donde otros atardecieron / tenemos aprisionado el verbo” (en “A-mar”, p. 68).

Estas estructuras simbólicas, componentes del mito, somos nosotros mismos como seres humanos o acaso una proyección-sugerencia de ello: hijos de madre y padre (no importa aquí el pasaporte), de los componentes femeninos y masculinos que dan voz al universo, tal cual se observa a lo largo de sus páginas, ejemplo clave en el texto de apertura “Padre, madre”: “Soy la ruta / entre la arena y el canto: / la luna es un ojo siniestro / y el sol / una / corona de espinas” (p. 14).

El yo lírico de este libro es hijo de un sitio que sólo es posible hallar a través de un constante proceso de vivir en la duda, en la filosofía del lenguaje y de la existencia humana, así como también en saber encontrarle los labios al mito hasta aprender a besarlos luego de la batalla, que es el acto de escribir poesía en sí misma “Y es el viento que canta en mi ciudad. / Y es el sueño que fragua mi cara. / Y yo soy una verdad / que camina / armada” (en “Verdad llena de futuro”, p. 76). Vargas no pretende fama, sólo busca llegar a un lugar desconocido.

Nuestro ser, así como la del yo lírico de este libro, está conformado por diferentes partes del universo, de su música y su mística. Por eso andamos en intensa búsqueda, trayectoria llena de luces, sombras y de la naturaleza misma: bosques, mares, cielos y montañas. Yo, lector, también soy hijo de ese universo del que nos habla este poemario, de ese ayer que fue, pero sigue estando aquí, de esa infancia perdida que sobrevive en los contrastes entre las luces y las sombras, entre el sol y la luna. Este no es un poemario en donde prevalece el “ego”, sino una proyección, un acto de sugerir lo que le puede esperar al ser humano que nació para convivir con las tecnologías.

El propio universo de los libros, a través de su fantasía, forma parte de esa estructura cósmica que abre las ventanas del mito, paisaje que nos prohíbe dormirnos, pues requiere de nuestra minuciosa observación: “El paraíso será tuyo, / niña mía, pero no te duermas” (en “La biblioteca de Alejandría”, p. 16). Sólo así llegaremos al mito y reflejarnos en él, gracias a la estancia en aquel sitio que quizás ignorábamos (donde no te conocía) y que por ende, desconocíamos de nosotros mismo. La poesía es eso, un espacio de dudas y hallazgos que no nos conducen hacia una puerta cerrada y ni siquiera hacia una muerte ni una sola existencia, sino varias, más allá del lenguaje y lo común.

Donde no te conocía es un universo de enfrentamientos habitable en la mente y en el lenguaje de los años. Es el paso de un niño a un anciano en cuyas arrugas habita gran parte de su infancia. Este es el primer sonido de los truenos en la casa de madera de Soren Vargas y esperamos no sea el último, porque hay quienes amamos sentir el impacto del rayo en aquellos lugares que aún desconocemos, territorio ajeno a las vanidades mediáticas del mundillo de hoy y quizás de mañana. Vargas sabe que la poesía es un acto de fe cuyo valor no está en el humo, sino en el viento. Él entre los oficios de arquitecto y editor logró ponerse la máscara de poeta para regalarnos un barco que ha sabido navegar con su propia fuerza en medio del alba:

 

Alba

 

Mi nombre

es

Alba

 

y nací un segundo antes

de hoy.

 

Antes de mí

había una noche

azul

 

y

solo

un río de estrellas

 

me separaba de olvidarte.

 

Alba.

Como las preguntas

que no debí

hacerte.

 

Como las respuestas

que no debiste darme.

 

Sé que fue

muy impersonal

ser la

luz

de la mañana

 

cuando

tus ojos

sangraban

tardes.

 

Por eso

las cartas en blanco

no te las daré

 

hasta saltar el muro

del cementerio

de la

madrugada.

 

Mi nombre,

Alba.

Una música difunta.

 

Un problema.

Un sueño que no quiero que vuelva

o dejaré de ser Alba

 

(y volveré a ser espera).

 

Mi nombre

es

Alba

 

y quizás

 

he dado algo de luz a tus ojos

cansados de tanta tristeza

 

pero aún no he visto

los

míos

en tus nubes

naranjas.

 

Y

si hoy

me los enseñas

 

prometo alumbrarte

los

días

que te quedan” (pp. 55-57).

 

Bibliografía:

Vargas, S. (2019). Donde no te conocía. Círculo y punto.

 


NOTAS 

[1] Poeta y lector apasionado. Máster en “Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia” de la Universidad de Salamanca, misma casa en donde es investigador predoctoral. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Particularmente en lo referente a las playas, tal cual sucede en el poema “En quién esconderás tanta arena” (p. 33).

[3] Alba, lluvia, luna, noche. En sí, elemento de la naturaleza o acaso la naturaleza misma.