LOS NOMBRES PROPIOS DE ALFREDO TREJOS
Por: Esteban Alonso Ramírez[1]
Recuerdo recibir como préstamo un ejemplar de “Arrullo para la noche tóxica” hace ya casi veinte años, y sentir entre sus páginas una feroz alegría y un deslumbramiento. Gracias a la endogamia inevitable de nuestro medio literario, no tardé mucho en conocerle a través de amigos en común. Desde entonces, he visto en Alfredo y su trabajo una motivación, una referencia constante, un maestro a través de poemas y encuentros iluminadores.
El libro que nos convoca esta noche, “Los Nombres Propios”, ha sido una fascinante puesta al día. Sí, hay melancolía y soledad, la eterna tensión hacia lo que nos deja y lo que vamos dejando, pero justo por eso lo he recibido como un bálsamo. Son tiempos obscenos y crueles, desde la geopolítica hasta la incapacidad de debatir con seres queridos o la dificultad de lograr que los vínculos sobrevivan al discreto estrés de ver al mundo en llamas y, aún así, tener que trabajar. Me he sentido acompañado, lo cual está entre las mejores cosas que un poemario puede hacer.
“Este libro es la historia de un conflicto con el silencio”, afirma Juan Carlos Mestre en el prólogo. Como era de esperarse, acierta. En sus páginas, un cigarro encendido, un televisor que muere, el cuerpo de un polluelo oracular, todo se transforma en símbolos de un diálogo íntimo con nuestra fragilidad, nuestra aflicción y la infinita creatividad de la muerte en su tarea de acosarnos. Pero no se trata de un lamento: es una indagación poética que desordena los misterios que están detrás de nuestros sueños, esa continuidad inexplicable de la vida en su forma más desnuda. Abrir la colección con un poema como A Mishima es un acto audaz, por ejemplo: es un arte poética, anticipo emocional, declaración de principios. No es casual que entre líneas evoque espiritualmente principios estéticos como el wabi-sabi, recordatorio de que la belleza emerge precisamente de lo dañado y lo imperfecto, así como del mono no aware, la comunión universal a través de la experiencia del sufrimiento y la transitoriedad. Este es el ethos de “Los Nombres Propios”: en el dolor, en el desgaste y en la muerte se encuentran las semillas de una verdad que solo la poesía puede sostener. Así, los sueños —que en este libro no son evasiones, sino extensiones profundas de la realidad, más reales que lo real— funcionan como un espejo en el que se proyectan las fisuras de nuestra luz humana.
Trejos, siempre contundente, nos hace escuchar las crónicas de cigarrillos, unos zapatos rara vez usados, una cebolla partida con el corazón podrido o una ventana abierta por la que el ruido cotidiano invade la neurosis de unos erizos elocuentes. Cada ser y su situación son puntos de partida para explorar el amor, la pérdida y la lobreguez. No hay pretensiones de sabiduría, lo cual refleja a un ser honesto ante el ridículo de la vida. En Humo, por ejemplo, el acto de fumar no es simplemente una recaída, sino un ritual cargado de significado, una ceremonia que nos conecta con el Tánatos que habita en nosotros. Destruirse, con el enfoque correcto, sigue siendo un espacio sagrado.
De manera similar, “La muerte de un televisor” o “Nublado todo el tiempo” nos recuerdan que incluso lo inanimado o lo rutinario tienen una cercanía íntima con nuestra experiencia emocional. En este sentido, el poeta nos habla de los objetos que nos rodean y nos habitan, definiéndonos, de los duelos que también generan.
En “Los Nombres Propios”, el poeta se adentra también en la experiencia del amor y su desgaste, lo cual no podía faltar. “Love Goes Wrong” captura la devastación silenciosa de una relación que se va desmoronando un descuido a la vez. Pero Alfredo no se detiene en el patetismo; hay un equilibrio que encuentra en el uso del humor negro y la ironía, acercándonos a la verdad de nuestros propios conflictos y pérdidas.
Por otro lado, poemas como “Deleuze salta desde su ventana” nos confrontan con la omnipresencia del agotamiento existencial, comparando al ilustre filósofo con un salmón en su último salto huyendo de la asfixia. Esta mezcla de lo trágico con lo absurdo deviene en una comunión honesta: la catarsis no es para aliviarse, sino para afrontar el vacío con renovada valentía.
En varios textos, la poesía reflexiona sobre sí misma, con ese mismo esmero que conduciría a muchos al hartazgo o la psicosis. En ellos se puede
seguir al autor en su ejercicio de desprenderse de la ilusión de la identidad, en el acto de saberse escribiente y escrito por ese alguien que dirige tus manos y tu lenguaje frente al poema, aunque sabés de sobra que ese alguien no es vos. Ese abismo que habita dentro de nuestro propio cerebro brilla en lo poético, pero la vida cotidiana nunca está a su altura después.
He vuelto en múltiples ocasiones a varios de los textos. “Heráclito le escribe a Li Bai” es un koan que no conducirá a la iluminación. Quedarse dormido es una versión de Chuang Tzu en una silla de barbero, el poema mismo siendo una caja china. Los “Pequeños Poemas” me resuenan a los bardos de la dinastía T’ang, a Issa escribiéndole himnos a las pulgas, a Ryōkan contando la luna como única posesión. Bajo el mezcal es a la vez elegía y proyección fantástica, un pequeño universo en el que se puede haber sido compañero de juergas de uno de esos escritores a los que uno admira y resiente a la vez. El dolor castrante de Malcom Lowry pasa a ser el nuestro. “Nublado todo el tiempo” es una de las mejores descripciones que he leído sobre lo que es vivir con dolor crónico, ya sea físico o mental. En un poema como “El paredón”, recordamos que la muerte es la intimidad última, el saldo de esa contabilidad contra el tiempo que nunca va a terminar de cuadrar. Trejos se espeja con Raymond Radiguet aunque, al igual que para muchos de nosotros, ya se ha hecho un poco tarde para morir joven.
“Los Nombres Propios” es un libro que se va viviendo firme, expande sin prisa el tiempo interior con respiración confiada. Recomiendo adentrarse en sus páginas con John Coltrane o John Lee Hooker de fondo, acompañados por el elixir o incienso que les dé mejor consuelo. En esta obra hay una invitación: a enfrentarnos con lo que somos, por mucho que duela, y de paso intimar un poquito con la belleza que surge persistente de todo ello.
Bibliografía:
Trejos, A. (2024). Los nombres propios. Editorial Costa Rica.
[1] Nació en Heredia, en 1983. Actualmente, se desempeña como director de proyectos y diseñador instruccional. Fue parte del Taller Literario Nezahualcóyotl en Heredia y Libertad Bajo Palabra en San José.
Publicó el libro de haiku y ensayo Corazón de los Días con Ediciones Espiral en 2010, y el poemario Ser un Tercero con la EUNED en 2015. En años recientes, otros textos de su autoría han sido traducidos y publicados en revistas de Costa Rica, Italia, México, Argentina, Estados Unidos y Suecia.
