EL RECORRIDO INVERSO DEL FUEGO: EL INCENDIO DEL SER, DE EDMUNDO RETANA
Por: Juan Pablo Morales Trigueros[1]
Decía Cortázar que los autores están siempre escribiendo el mismo libro, en una lucha constante e inacabable por alcanzar la perfección, siempre escurridiza. El autor falla irremediablemente en ese intento, pues la perfección no está a su alcance.
En Edmundo Retana, poeta de ya larga trayectoria, es particularmente notable esa lucha con los mismos demonios, ese afán por expresar cada vez mejor algo visto hace ya mucho, pero que sigue en busca de su versión definitiva.
Desde Los bailes íntimos, pasando por Las sílabas de la tierra, Pasajero de la lluvia, y hasta Ángeles perdidos, su penúltima publicación, su estilo ha sido constante, pero no por eso repetitivo, sino que da la impresión de que el autor hubiera descubierto su voz quizá en su debut, y que cada título fuera un esfuerzo más por refinarla. Esto se nota también en las temáticas, pues el pasado, la paternidad, la propia poesía, la violencia y sufrimiento humano han estado ahí desde el principio.
El incendio del ser es un título ya de por sí abarcador y ambicioso: no es el cuerpo, ni el alma, ni el espíritu, sino el ser entero el que se incendiará en este poemario. Por su parte, Retana presenta también dos epígrafes, de Paul Auster y Joaquín Gutiérrez, que hablan de la dualidad, tanto de la existencia (sentirnos exiliados en el mundo que habitamos) como de la propia escritura (la realidad esencial y las palabras sutiles que la expresan).
El corpus de poemas se divide en tres secciones: “Rescoldos”, “Llama viva” y “Trazos de fuego”, en un recorrido que pareciera invertido pues parte de los restos de la hoguera y avanza hacia ella.
En la primera parte, “Primero de noviembre” explora un escenario que, para cualquiera, es imposible de recordar: el día del propio nacimiento, con lo que experimenta mirando las particulares de un pasado irremediablemente perdido. Algunos poemas versan sobre familiares, lo que recuerda a algunos de sus libros anteriores. Pero lo que en aquellos hubiera sido prosas extensas, aquí son poemas de versos brevísimos y compactos, como si no hubiera tanto qué decir, pero sí mucha certeza sobre cómo decirlo.
En “Los nombres de las cosas” se tratan la paternidad y la escritura como formas hermanas de creación, dos caras de la misma realidad: “Rayabas los libros /cuando escribía /mis poemas. /Luego te llevaba en hombros /te enseñaba /a pronunciar /los nombres de las cosas”; mientras que en “El duelo” la voz lírica se las ingenia para hablarnos de amor sin mencionar el amor una sola vez: “Nuestro duelo /guardó /todos los códigos del honor /hasta caer /cada uno /mortalmente herido /en el otro”.
En algunos poemas se evocan lugares específicos de San José, de nuevo mediante versos mínimos, compactos, evitando las descripciones insistentes que frecuentaban la obra anterior de Retana, cuando escribía, invirtiendo lo que dijo Luis Chaves, en prosa lo que a todas luces era verso. Desde siempre debió ser verso y, en este libro, finalmente lo es.
En la segunda sección, “Ventana” se pregunta cómo sería un poema “efectivo” que iluminara la noche, mientras “Oda a la autopublicación” reivindica este acto de difusión escritural independiente, lo cual resulta simpático e interesante en un entorno donde hay quienes lo consideran humillante.
En “Vínculos” se reflexiona sobre la relación del ser humano con la naturaleza, mientras que en “Palabras”, sugestivamente titulado, se habla de la vuelta a la niñez en busca del lenguaje primario y preciso que permita un reaprendizaje simbólico de la realidad.
Finalmente, “Trazos de fuego” es la sección más política del libro, incorporando temas sociales que siempre han interesado al autor. “Poesía”, por ejemplo, más que un arte poética, intenta definir la poesía como tal: “ese ámbito donde igual cabe una guerra que una flor”. “Nocturno” detalla con crudeza el silencio de los niños muertos, “un silencio que hiere”, ante el que la palabra no puede nada. En “Distancias” plantea a la otredad sufriente mientras los demás, aquí, hacemos cualquier cosa, y en “Límites” se pregunta cuánta violencia y destrucción más necesitan los conflictos: “¿Cuánta muerte /es suficiente /para acabar una guerra?”
Ante un panorama tan conflictivo, queda espacio para declarar la esperanza como su mayor posesión y la palabra como esa dadora de luz, que debería persistir en medio del incendio del ser que deberíamos conservar: “No arropés /con tu silencio /el horror del mundo (…) No sofoqués /el incendio de tu ser”.
Queda claro porqué el invertido recorrido ígneo: el poeta nos lleva desde los rescoldos a los trazos de fuego porque su palabra es como el fénix, se consume para renacer de sus propias cenizas, en una lucha eterna por expresar un mundo horrible y hermoso mediante las palabras más sutiles y, por eso, más efectivas, en busca siempre de esa perfección que Cortázar condenó a todos a buscar. Se trata, sin duda, del libro más logrado de Retana, lo que lo presenta como una voz poética madura e imprescindible en las letras costarricenses contemporáneas.
Bibliografía:
Retana, E. (2024). El incendio del ser. Oro viejo editores.
[1] Nació en San José en 1984. Obtuvo el Bachillerato en Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional en 2009, así como la Maestría en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Costa Rica en 2014 y la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Salamanca en 2022. Artículos suyos han aparecido en diversas revistas académicas y libros. Desde 2015 ejerce como profesor de Comunicación y lenguaje en la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica.
