EN TORNO AL POEMARIO RAVE DE BORIS ROZAS:
ACERCAMIENTO CREATIVO
Por: Fran Soto[1]
Moscas frente a poetas, alas frente a palabras.
Rave se disecciona a sí mismo en una radio
grafía que deja al aire hasta el mismo hueso
en su visión de nuevas propuestas y actitudes
poéticas, una sinfonía de rock y metal
electrónico, de amor matemático y su desintegración
lógica que el amanecer trata de reducir a cenizas con
cada puesta de largo.
El plato no deja de girar, lo ha hecho toda
la noche, pero ahora solo se escucha la aguja
gastada golpeando de forma insistente, una
y otra vez, el mismo viejo vinilo de «a Daft
Punky Thrash».
Todo se repite, al desconectar nuestras
baterías cargadas con el alba, las mismas ruinas
de camino al trabajo con el primer café
aun entre los dientes de la mañana, las mis
mas derrotas repetidas que se iluminan con
9cada nuevo «unplugged» de farolas; Rozas
lo sabe y con la misma insistencia sus versos
se rebelan contra un destino que parece ser
innegociable.
La verdad es un delirio disfrazado de perfección
sobre la cadena de montaje que da
forma a nuestros sueños, si se rasca sobre
las vetustas paredes de las ciudades solo se
encontrarán nuevos cementerios construidos
sobre viejas necrópolis. A la vida le sobran
panteones habitados por suicidas ilustres,
incluso le sobran todos sus soldados muertos.
Cuando Gilmour y Waters escribieron Wish
you were here no deseaban, probablemente,
el retorno de Syd, ni siquiera lo echaban de
menos, en sus pesadillas menos lisérgicas
solo suspiraban por volver a los tiempos del
LSD, a la belleza innovadora de proyeccio
nes de pintura y psicodélicas jam session
retorcidas hasta la demencia, donde nuevos
sonidos hacían bailar desenfrenadamente las
10maniqueas formas femeninas, suspendidas
sobre las cornisas de su propia decadencia
anticipada.
Con cada pliego de versos, con cada poemario
cerrado, el autor de Rave evidencia su
búsqueda, su necesidad y en este trabajo, al
igual que Bangalter y Homem-Christo, lo
hace bajo el metafórico metal de un casco
envolviendo su identidad, borrando huellas
dactilares, ajustado en la disimulada piel de
unos finos guantes; no importa realmente
quién es, sino lo que experimenta, lo que
provoca en los demás y le hace transcender
en su abandono, una vez más, de la caverna,
en la eterna huida de la ignorancia en la que
anda sumido este intenso poemario con el
que Rozas vuelve a sorprendernos.
Y para muestra, un botón (más bien la
cremallera que ajusta a la perfección el talle
de esta elegante cazadora de cuero negro que
es Rave) en los últimos cinco versos del poe-
mario, dedicados a Grace Coddington en
El otoño según Anna Wintour y que cierran
a modo de sentencia irrefutable este trabajo
de Boris Rozas, incluso me atrevería a decir,
una trayectoria.
Una última recomendación antes de
comenzar a leer «La ceniza que nos resta»:
seleccione su disco preferido, ya sea funky,
rock, grunge, ya sea Morrison, Pink Floyd o
Bowie y dispóngase, estimado lector de poesía,
a disfrutar de la alta fidelidad de una partitura
de versos escrita como es muy probable
nunca haya «leído-escuchado» antes.
Adjuntamos, por su parte, un poema como muestra del libro:
“LA CENIZA QUE NOS RESTA
Hoy un poeta es como una insignificante
mosca
en la pared.
Envuelto en el silencio eterno de sus alas
cámara en mano
se reencarna a diario
fotografiando instantes a plena luz del día,
como una presencia fantasmal
que se reduce a sí mismo
a la mínima expresión del folio
en blanco.
Le aguarda el frío de las distancias suspendidas,
la devastación de un calendario
con fotos antiguas de los hijos;
le aguarda la lluvia,
le aguarda la lluvia tras la pared blanca
como una corona de bocas
que se conjugan en una sola.
Le quedan la música y la geometría
de los besos
al caer la sal de la tarde,
como espasmos de tiempo
que traducen los acordes
de la ceniza
que nos resta”.
Bibliografía
Rozas, B. (2024). Rave. Olifante.
[1] Poeta y promotor cultural.
