BELCEBÚ SIGUE TOMÁNDOSE SELFIES CON SUS MOSCAS FAVORITAS
Y CALÚ CRUZ ESCRIBE PARA POSTEARLO
Por: Yordan Arroyo[1]
La sociedad de las moscas de Óscar Leonardo Cruz, pseudónimo literario Calú Cruz, quien se autoficcionaliza en algunos textos, siendo un personaje más, son relatos escritos a partir de un estilo posmoderno lleno de rupturas e interrupciones. Un aspecto particular es el uso de recursos retóricos muy bien utilizados y ubicados, discursiva, temática y contextualmente. Sobresalen la ironía, el absurdismo (véanse, por ejemplo, el caso de la zoofilia y el desenfreno en diferentes manifestaciones ideológicas desde el núcleo textual mismo) y la locura. Además, destacan sus riesgos y experimentos para apostar por propuestas eficientes y contemporáneas.
A lo largo de las páginas encontramos usos de collage que van en contra de toda norma canónica y tradicional e hibridación de géneros y formatos plurales. Por otro lado, atrae la exploración panóptica en la psicología de los personajes, revelando sus manías, perversidades, hipocresías, doble moral, lujurias e irracionalidades muy cercanas a las de una bestia, ¿por qué no una mosca? A su vez, el contacto, entre otras muchas referencias intertextuales con autores de la envergadura de Ernesto Sábato, que denotan la madurez del libro y la demora de su proceso: en silencio, distante de las multitudes, del zumbido en exceso de las moscas y sus excrementos putrefactos, más los diferentes filtros personales, editoriales y de colegas, por los que ha pasado antes de ver esta edición, producto de intervención de otras voces y profesionales.
Calú es responsable con la tradición literaria de su país y por eso incorpora, por ejemplo, la importancia de obras (unas de mayor peso estético que otras) escritas por autores, algunos conocidos en persona por él, como Julieta Pinto, Guillermo Fernández, Julieta Dobles Yzaguirre, Lucía Alfaro, Shirley Campbell Barr, Alfonso Chase y Roberto Brenes Mesén. También, destaca la propiedad con la que se rompen muchos discursos e imaginarios cristianos (canónicos y oficiales como institución), cuyo aumento es cada vez mayor en la buena literatura costarricense producida durante las últimas tres décadas (omito la cantidad de obras infértiles publicadas sin pasar por filtros previos).
Por su parte, los lectores de este libro, muy pertinente con las más recientes tendencias narrativas hispanoamericanas del siglo XXI, asunto que ya iniciaría, en Costa Rica, desde los años ochenta un autor como Rafael Ángel Herra, a quien Calú conoce muy bien, se encontrará, además de su variedad de registros de habla, donde prevalece la segunda persona singular (vos), fiel a quien lo escribió, con poemas o fragmentos de ellos, noticias o recortes de periódicos, canciones en inglés, alemán o castellano (muchas de deficiente calidad, pero con la característica de mover masas enteras, asunto muy propio de la contemporaneidad), películas, conversaciones a través de herramientas y artefactos virtuales muy de nuestros días, como Facebook, Instagram, Tik Tok y YouTube (véase el caso de los youtubers) y además, con links y otros recursos informáticos y de una cultura globalizada, demente, líquida, gaseosa y fragmentaria, permitiéndole, con cierto dinamismo estilístico y estético, sentirse cercano a las historias aquí narradas.
Otro punto de los muchos que podrían destacarse desde una perspectiva de crítica textual es la importancia del paradigma crítico-discursivo utilizado en las narraciones, pues transmiten, desde los propios imaginarios de los textos, diferentes vicios y vacíos contextuales. Sobresalen ciertas incongruencias, sólo vistas desde un panóptico, alrededor de ideologías como los gurús feministas y los movimientos animalistas y LGBTIQ+, que en muchas ocasiones terminan siendo promotores de acciones absurdas y grotescas, de las mayores banalidades y de la violencia; asimismo, cierta incomodidad hacia fanatismos religiosos y el maquillaje macabro que siguen utilizando muchas instituciones de poder como las Iglesias, para controlar a las masas más acríticas o a las ovejas preferidas del rebaño. No es de asombrarse que muchos de los personajes aquí presentes tiendan a sublimarse y confundirse con alguno de nuestros vecinos, algún familiar o cualquier ciudadano, pues Calú hace, desde la ficción, una radiografía de diferentes aspectos putrefactos en ciertos sectores de una humanidad cada vez más torpe y falta de valores: legítimas y asquerosas moscas.
En fin, este libro, testigo de un tiempo cada vez menos nuestro y más desdibujado, presta atención, con compromiso y oficio, a muchos excesos de sus personajes, quienes terminan inclinándose por tendencias más dionisiacas que apolíneas, síntoma de la decadencia abrupta de Occidente que estamos sufriendo. Dicho aspecto responde a muchas de las coyunturas globales que se viven actualmente no sólo en América Central, sino en diferentes lugares de América Latina. Esto también explica las exploraciones geográficas y sociológicas en su propuesta literaria, a manera de periplos, de nuevos imaginarios y ruptura de algunos ya fosilizados, en países mesoamericanos (si nos preguntáramos ¿qué queda del mito de la paz en Costa Rica? Nada. Mucho menos cuando un autor con un ojo crítico, como el creador de este libro, coloca su lápiz en las cicatrices del fuego y pone a arder el papel) y en Argentina, cuyas crisis sociales, políticas, económicas, ideológicas y psiquiátricas, hoy, como lo atestigua esta obra, van en aumento, de la mano con las consecuencias mentales que dejó la pandemia de la COVID-19 y en diálogo con otras pestes y males, también aquí incluidos (quizás a raíz de un proceso de investigación por parte de su autor), cuya metáfora ideal es la de una mosca polisémica que bien puede ser un animal, un virus o bien puede ser una persona disfrazada, en tanto sólo piensa en defecar encima de todo, como lo hacen hoy, por ejemplo, muchos troles en redes sociales.
Frente a este infernal panorama aquí expuesto, Calú Cruz, un personaje más de la sociedad de Belcebú, no piensa en ninguna otra solución, (si acaso la hay) por más demoniaca que parezca, que no sea escribir, escribir y escribir, mientras al fondo, el personaje Aledis sigue luchando por aprender la técnica para tocar el violín y de esta forma, espantar a todas las moscas reguetoneras y progres que no la dejan encontrar la armonía de un jardín que hace mucho tiempo no ha dejado de ser un basurero clandestino.
Bibliografía
Cruz, C. (2024). La sociedad de las moscas. Uruk.
[1] Poeta y lector apasionado. Máster en “Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia” de la Universidad de Salamanca, misma casa en donde es investigador predoctoral. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
