GABRIEL CHÁVEZ CASAZOLA | REVISTA AJKÖ KI No 4

GABRIEL CHÁVEZ CASAZOLA | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

DE LA PROCEDENCIA DE LA LUZ

 

La luz viene siempre desde fuera

léase sol astros fuego lámpara:

nosotros somos oscuridad.

 

¿Pero la luz viene siempre desde fuera?

¿En el principio era la oscuridad y la luz sobrevino?

¿Desde qué afuera?

¿O en el principio la luz era un adentro?

 

¿Y la idea de la luz dónde sucede?

¿Podía alguien ver la luz si nadie había?

¿Podía alguien llamarla luz e iluminarse?

 

Entre el afuera y el adentro, la luz.

Nosotros somos un canal de luz, un río,

un mirar, un nombrar, un alumbrarse.

 

¿La luz que vino siempre desde fuera

se hizo en la carne y habitó en nosotros?

¿Ahora otra vez la luz será un adentro?

¿Habrá sol astros fuego lámpara en tu pecho,

en tu retina, en una circunvolución de tu cerebro?

 

Nosotros somos luz.

Ahora la oscuridad es un afuera

que reinará cuando nos apaguemos.

 

¿Y, cuando nos apaguemos,

volveremos hacia la luz primera?

¿Nos envolverá la oscuridad temprana?

¿Seremos luz, seremos nada?

 

Cierro los ojos.

La luz de la memoria

—el hombre teme más al olvido que a la muerte—

me devuelve a un hombre que se llamó Machado:

 

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

Que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

 

¿De dónde viene la luz de este poema?

¿Del afuera que es Machado o del adentro que lo recuerda?

 

Insisto: ¿la luz viene siempre desde fuera?

(En: Multiplicación del sol, 2018).

 


 

LA CANCIÓN DE LA SOPA

 

En tiempos de mi abuelo las familias eran grandes

vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,

inclusive diminutas, pero grandes.

 

Comían alrededor de grandes mesas

mesas fuertes, cubiertas o no de mantel largo

pero bien establecidas en el piso.

 

Con cucharas enormes comían la sopa

en los grandes mediodías. La sopa extraída con grandes cucharones

de unas enormes soperas.

 

Se reunían juntos después a oír la radio, a tomar café,

a fumarse un cigarrillo

sin grandes (ni pequeños) cargos de salud o de conciencia.

 

Mamá, bordando a veces y a veces tejiendo,

veía sucederse a los hijos y a los nietos

en un ininterrumpido y gran bordado.

 

Papá, la autoridad papá, llegaba todas las tardes a las 6

montado en un gran auto americano o en un gran caballo

o con un gran estilo

de caminar

para pasar la noche junto con los hijos y los nietos que el

tiempo no había interrumpido,

salvo aquél que enfermó, aquél que se fue

dejando un enigma y una sensación de vacío

—una enorme sensación de vacío—

flotando, con el humo de los cigarrillos,

sobre la sobremesa de la cena.

 

A veces, en esos momentos, papá, la autoridad papá,
dejaba de escuchar los sonidos de la radio y quería estar

solo consigo mismo, simplemente

no estar ahí, tal vez estar corriendo por alguna lejana

carretera con una rubia parecida a mamá cuando no era

mamá, montado en un gran auto americano o en un gran caballo o

con un gran estilo de caminar aún no vejado por el tiempo.

 

Mamá a su vez algunas sobremesas sentía un nudo

en la garganta, un nudo que después salía flotando de su

boca montado en un gran suspiro,

un enorme nudo que se enredaba en el vapor

de su taza de café, con unas

volutas que le robaban la mirada y la hacían desear

estar sola,

simplemente no estar ahí, escuchando los llantos

de las últimas hijas y los primeros nietos.

 

Así fueron los años, vinieron los cafés y los cigarrillos

y un día la gran casa se fue quedando sola, las enormes

soperas vacías, las cucharas mudas

de una enorme mudez que a hijas y nietos nos persiguió

a lo largo de miles de kilómetros de carretera, de cable de

teléfono, de grandes ondas que ya no se miden en kilómetros.

 

Incluso aquél que enfermó, el primero en partir

como cada quien que bebió de esa sopa fue alcanzado por la mudez,

que se metió en su pecho por la gran boca abierta

de un enorme bostezo.

 

Entonces

compró una breve sopa instantánea

y entre sus mínimas volutas

se permitió un pequeño llanto.

 

No podía tomar la sopa.

En su diminuto departamento no había una sola cuchara,

una sola mesa bien fundada, algo

que vagamente pudiera parecerse a la felicidad

y sus rutinas.

 

Entonces pensó en los tiempos de su abuelo o del mío

o del tuyo, cuando las familias eran grandes

vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,

inclusive diminutas, pero grandes

y veían sucederse a los hijos y a los nietos

en un ininterrumpido y gran bordado

con enormes hilos invisibles abrazándolos a todos en el aire. 

 

(En: El agua iluminada, 2010).

 


 

SE BUSCA 

 

Si alguien hubiera encontrado

un libro de los Cantos de Ezra Pound color verde

eléctrico, extraviado en la carretera antigua entre el valle

central y el altiplano

una noche de julio de 1992.

 

Si alguien tuviera ese ejemplar

con poemas preciosamente traducidos

como aquél en que habla de los dedos de una mujer

que parecían una servilleta japonesa de papel o aquel otro

de Rihaku sobre la vieja esposa del mercader del río.

 

—Tú viniste con zancos de madera jugando a los caballos,

caminaste junto a mi asiento, jugando con ciruelas azules…

 

Si estuviera en la biblioteca de alguna persona

ese volumen con una fotografía de Ezra

con todas las arrugas, comisuras, todas las cicatrices

de la incomprensión 

cuyo reverso es la locura.

 

Si lo tuvieras tú, jamás lo hubieras abierto y al leer esto

decidieras hacerlo y adentro,

entre dos páginas

(tal vez marcando Portrait d’une femme,

que me recordaba a una novia de entonces),

encontraras una ingenua estampa

de la Virgen niña con su Niño

en monocromo azul cerúleo

con una oración al dorso

que repetía cuando era feliz o estaba triste

en la edad de la alegría verdadera

y de la vera tristeza.

 

Si encontraras ese libro habrías hallado

el muñón de un alma,

algo que me extravió.

 

No sabes lo que vale para mí ese ejemplar de los Cantos.

Si lo encuentras puedes quedártelo.   Pero la estampa

—si aún está ahí—

remítemela, por favor.

 

Los libros se extravían y se encuentran

pero el asombro (o la fe, que es lo mismo)

se pierden para siempre.

 

—Hubo una hora iluminada por el sol, y los más altos dioses
no pueden jactarse de nada mejor
que de haber contemplado a su paso esa hora.

 

En esta u otras vidas tendrás tu recompensa.

 

(En: Multiplicación del sol, 2018).

 


 

MATEMÁTICAS

 

Las noches no son innumerables.

 

Para ti están contadas,

como los granos de la cena final de un condenado.

 

Esta noche puede ser una de tantas o la última.

 

Las estrellas no son innumerables.

 

Hay un número exacto, como el de tus cabellos,

y mientras unas nacen,

otras se apagan para siempre.

 

Goza de su parpadeo,

del brevísimo estremecimiento de su luz antigua.

 

Los árboles no son innumerables.

 

De uno de ellos podría estar hecha

tu urna funeraria

—es un lugar común—

pero, si lo mereces

o te premian los dioses,

algún árbol nacerá

de lo que fue tu corazón

yacente.

 

Haz todo para alcanzar 

ser ese árbol

y, siéndolo ya,

poder estremecer las hojas

para alguien

una noche cualquiera,

 

cuando todas tus noches

hayan terminado

bajo la antigua luz

de unas nuevas estrellas.

(Inédito, cedido para efectos de esta publicación).

 


 

PROMESA

DONDE EL POETA, INVESTIDO COMO UN PERSONAJE DE KOZINSKI, CONVERSA CON SU HIJA

 

Para Clara

 

Y si de pronto un rayo o un camión se abaten

sobre la palma erguida,

sobre su razón llena de pájaros

y mediodías

 

si la malaventura hiere su frente de luz

y la desguaza

y convierte en escombros su razón

y su alegría

que era también la nuestra

 

no te dejes llevar por la tristeza,

hija,

recuerda que detrás de los escombros

siempre quedan semillas

 

y que algún día,

pronto,

después del rayo y la malaventura

 

se abrirá la luz

cantarán los pájaros

y nuestra calle y todas las calles del mundo

donde alguna vez hubo palmeras abatidas

se llenarán de felices jardineros

que peinarán

los nuevos brotes

y regarán los mediodías.

 

Te lo prometo, hija:

la mañana se llenará de jardineros.

 

(En: La mañana se llenará de jardineros, 2013). 

 


Gabriel Chávez Casazola (Bolivia, 1972): Poeta, ensayista, gestor cultural y periodista boliviano, considerado “una de las voces imprescindibles de la poesía latinoamericana actual”. Sus libros están publicados en 15 países y ha sido traducido a diez idiomas: italiano, francés, inglés, rumano, portugués, catalán, griego, ruso, árabe y chino. Es autor, entre otros títulos, de El agua iluminada (2010), La mañana se llenará de jardineros (2013) y Multiplicación del sol(2018). Se han publicado numerosas antologías de su poesía, como El pie de Eurídice (Colombia, 2014); Aviones de papel bajo la lluvia(España, 2016); Il canto dei cortili (Italia, 2018); La vitesse des fantômes (Francia, 2018); Persistence of tattoos (EE.UU., 2018); Hoja de Vida(Perú, 2023) y Cámara de Niebla, con siete ediciones en distintos países, las más recientes en México (2022) y Chile (2024).

Recibió la Medalla al Mérito Cultural de Bolivia y el Premio Editorial al Mejor Libro del Año, entre varios reconocimientos.  Licenciado en Filosofía y Letras y especialista en Comunicación Estratégica, es docente universitario de Escritura Creativa y director del taller y sello de poesía “Llamarada Verde”. Asimismo, dirige la colección de poesía “Agua Ardiente” de Plural Editores y es curador del Encuentro Internacional de Poesía “Ciudad de los Anillos” en la ciudad boliviana de Santa Cruz, donde reside.

 

CURADURÍA: Sean Salas (Costa Rica).