SHREK (2001)
Los ogros de los cuentos tenían la costumbre
de comerse a los niños que andaban por el bosque,
costumbre deplorable desde todos los puntos
de vista. Pero hay ogros y ogros en el mundo,
o, por mejor decir, hay ogros y está Shrek.
Con él tornan los héroes de la lejana infancia
a llenar la pantalla de arquetipos y símbolos
que siempre es una fiesta volver a recordar.
Aunque es verde y es sucio, y es descortés y es feo,
me parece increíble haber vivido tantos
años sin conocerlo, porque es la criatura
más genial que ha nacido dentro de los cartoons.
De modo que levanto mi copa por el ogro
del siglo XXI, o sea, por el único
por el maravilloso e inimitable Shrek.
Y brindo por que Hollywood nos regale en las próximas
décadas de este siglo muchas y divertidas
películas que cuenten su vida y sus milagros,
que son vida y milagros del bosque de los cuentos
populares, que son, a su vez, los milagros
y la vida del bosque de los mitos. Un bosque
que no envejece nunca. Prosit! Y que así sea.
(En: La vida en llamas, 2006).
STAR WARS (1977)
Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias
improbables, difusas. Acaso en mi cerebro
tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar,
pero pasó. Las cosas importantes que pasan
parecen no pasar. Una chica muy pálida
venía de algún astro a jugar en tu sueño
contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje
por el cielo, y volvía para no abandonarte
nunca más. Sonreía como una aparición
surgida de las páginas de una novela gótica
y, a la vez, como un hada de los hermanos Grimm.
Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia
Organa, para ser más precisos. Un nombre
que sonaba a romance galáctico, a balada
espacial, a cantar de gesta del futuro.
Un nombre que sabía a chicle americano
y a bolsa de patatas fritas en el descanso
de una doble sesión de cine, y a caricias
desmañadas, y a celos, y a promesas de amor.
Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. Y sé que a la princesa
Leia irán dirigidas mis últimas palabras
cuando la luz se apague, y que repetiré
su nombre en mi agonía (como si Ella tuviese
un nombre) antes de hundirme en la noche total.
(En: La vida en llamas, 2006).
EVA PRESENTE
Llegaste desde el mar —como Afrodita—,
de la Luna soñada por Cyrano
o de un pasaje opiáceo de Gautier,
quién sabe desde dónde.
Y me dijiste
que no eras de este mundo,
que odiabas la traición y la mentira
y que, en cualquier momento,
podías desaparecer.
Y entonces Dios,
que había imaginado el paraíso
bajo la especie de tu cuerpo,
te confió a mis brazos para siempre.
(En: Cuaderno de vacaciones, 2009).
CAPERUCITA FEROZ
Cuando la dulce niña se desnuda
y se mete en la cama con el lobo
—que lleva el camisón de la abuelita—,
todos pensamos que en el fondo quiere
que el animal consuma el sacrificio,
porque nadie con ojos en la cara
podría confundir a un lobo fiero
con una vieja chocha, y menos alguien
como Caperucita, que es la nieta
de la vieja en cuestión. De forma y modo
que hay que dejarse ya de tonterías
y llegar a la misma conclusión
que Bruno Bettelheim en Psicoanálisis
de los cuentos de hadas, a saber,
que, al meterse en la cama motu proprio
y no hacer movimiento para huir,
lo que quiere la niña es acostarse
con la bestia, ofrecerle lo que tiene
—que no es solo la roja caperuza,
El pastel y el tarrito de manteca—
y acabar convirtiéndose en mujer.
(En: Cuaderno de vacaciones, 2009).
APOLOGÍA DE LOS CLÁSICOS
Nos identificamos con los clásicos.
Siempre tendemos a reconocernos
en lo mejor de aquello que se encuentra
en los modelos y de los arquetipos,
aunque lo mejor sea lo terrible
y albergue nombres como Yago, Rávana,
Bosola, Hagen, Alí Kan o Svimtus
(pero sin renunciar a Otelo, Rama,
La Duquesa de Malfi, Sigurd-Siegfried,
el Guerrero con máscaras o Roberto).
¡Nos divertimos tanto con los clásicos!
Su tiempo no es el de la muerte. Viven
en el tiempo sin tiempo de los mitos
nuestros queridos clásicos, un Tiempo
que ilumina la cárcel de la vida
y regala modelos exclusivos
para enseñar, felices, a la gente
que nos rodea —padres, hijos, nietos—,
burlando así la angustia cotidiana
y saciando la sed de maravillas
que nos caracteriza como humanos.
Los clásicos ayudan a vivir,
y a morir, y a olvidar nuestras miserias,
y a no perdernos por el laberinto
sin Teseo ni Ariadna que es el mundo.
(En: Cuaderno de vacaciones, 2009).
Dibujo de Arturo Garrido (España, 1993).
Artista de la promoción XXIII de la Fundación Antonio Gala.
SAFO Y FAÓN
Desengañaos, Faón era una chica.
Safo no conoció el amor de hombre.
Ni falta que le hacía. En su cortejo
de una niña de formas opulentas
que llegó de Corinto, la llamaba
Faón, en masculino, y la vestía
de muchacho por morbo, comprimiendo
sus pechos indomables con ayuda
de un ceñidor y vendas a destajo.
Faón, un día, se cansó de tanta
presión y dejó a Safo por un chico.
(En: El reino blanco, 2010).
VERANO ETERNO
Hay quien nos dice: «Amigos, esta historia
ya no va a durar mucho. El invierno se acerca».
Y le decimos: «Somos caballeros
del verano. El invierno no llegará a alcanzarnos.
Mientras el cuerpo aguante,
cantaremos canciones para olvidar el frío.
En las canciones es verano siempre».
(En: El reino blanco, 2010).
Luis Alberto de Cuenca (España, 1950): Entre los premios que ha obtenido están el Premio de Literatura de la Comunidad de Madrid (2007), el «Julián Marías» de Investigación en Humanidades (2013) y el Nacional de Literatura (2014). Entre sus poemarios se encuentran La caja de plata (1985, Premio de la Crítica 1986), Por fuertes y fronteras (1996), La vida en llamas (2006), El reino blanco (2010), Cuaderno de vacaciones (2014, Premio Nacional de Poesía 2015), Bloc de otoño (2018), Después del paraíso (2021) y El secreto del mago (2023).
CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).
