LUIS ALBERTO DE CUENCA | REVISTA AJKÖ KI No 4

LUIS ALBERTO DE CUENCA | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

 

SHREK (2001)

 

Los ogros de los cuentos tenían la costumbre

de comerse a los niños que andaban por el bosque,

costumbre deplorable desde todos los puntos

de vista. Pero hay ogros y ogros en el mundo,

o, por mejor decir, hay ogros y está Shrek.

Con él tornan los héroes de la lejana infancia

a llenar la pantalla de arquetipos y símbolos

que siempre es una fiesta volver a recordar.

Aunque es verde y es sucio, y es descortés y es feo,

me parece increíble haber vivido tantos

años sin conocerlo, porque es la criatura

más genial que ha nacido dentro de los cartoons.

De modo que levanto mi copa por el ogro

del siglo XXI, o sea, por el único

por el maravilloso e inimitable Shrek.

Y brindo por que Hollywood nos regale en las próximas

décadas de este siglo muchas y divertidas

películas que cuenten su vida y sus milagros,

que son vida y milagros del bosque de los cuentos

populares, que son, a su vez, los milagros

y la vida del bosque de los mitos. Un bosque

que no envejece nunca. Prosit! Y que así sea.

(En: La vida en llamas, 2006).

 


 

STAR WARS (1977)

 

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,

pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias

improbables, difusas. Acaso en mi cerebro

tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar,

pero pasó. Las cosas importantes que pasan

parecen no pasar. Una chica muy pálida

venía de algún astro a jugar en tu sueño

contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje

por el cielo, y volvía para no abandonarte

nunca más. Sonreía como una aparición

surgida de las páginas de una novela gótica

y, a la vez, como un hada de los hermanos Grimm.

Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia

Organa, para ser más precisos. Un nombre

que sonaba a romance galáctico, a balada

espacial, a cantar de gesta del futuro.

Un nombre que sabía a chicle americano

y a bolsa de patatas fritas en el descanso

de una doble sesión de cine, y a caricias

desmañadas, y a celos, y a promesas de amor.

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,

pero sé que ocurrió. Y sé que a la princesa

Leia irán dirigidas mis últimas palabras

cuando la luz se apague, y que repetiré

su nombre en mi agonía (como si Ella tuviese

un nombre) antes de hundirme en la noche total.

(En: La vida en llamas, 2006).

 


 

EVA PRESENTE

 

Llegaste desde el mar —como Afrodita—,

de la Luna soñada por Cyrano

o de un pasaje opiáceo de Gautier,

quién sabe desde dónde.

Y me dijiste

que no eras de este mundo,

que odiabas la traición y la mentira

y que, en cualquier momento,

podías desaparecer.

Y entonces Dios,

que había imaginado el paraíso

bajo la especie de tu cuerpo,

te confió a mis brazos para siempre.

(En: Cuaderno de vacaciones, 2009).

 


 

CAPERUCITA FEROZ

 

Cuando la dulce niña se desnuda

y se mete en la cama con el lobo

—que lleva el camisón de la abuelita—,

todos pensamos que en el fondo quiere

que el animal consuma el sacrificio,

porque nadie con ojos en la cara

podría confundir a un lobo fiero

con una vieja chocha, y menos alguien

como Caperucita, que es la nieta

de la vieja en cuestión. De forma y modo

que hay que dejarse ya de tonterías

y llegar a la misma conclusión

que Bruno Bettelheim en Psicoanálisis

de los cuentos de hadas, a saber,

que, al meterse en la cama motu proprio

y no hacer movimiento para huir,

lo que quiere la niña es acostarse

con la bestia, ofrecerle lo que tiene

—que no es solo la roja caperuza,

El pastel y el tarrito de manteca—

y acabar convirtiéndose en mujer.

(En: Cuaderno de vacaciones, 2009).

 


 

APOLOGÍA DE LOS CLÁSICOS

 

Nos identificamos con los clásicos.

Siempre tendemos a reconocernos

en lo mejor de aquello que se encuentra

en los modelos y de los arquetipos,

aunque lo mejor sea lo terrible

y albergue nombres como Yago, Rávana,

Bosola, Hagen, Alí Kan o Svimtus

(pero sin renunciar a Otelo, Rama,

La Duquesa de Malfi, Sigurd-Siegfried,

el Guerrero con máscaras o Roberto).

¡Nos divertimos tanto con los clásicos!

Su tiempo no es el de la muerte. Viven

en el tiempo sin tiempo de los mitos

nuestros queridos clásicos, un Tiempo

que ilumina la cárcel de la vida

y regala modelos exclusivos

para enseñar, felices, a la gente

que nos rodea —padres, hijos, nietos—,

burlando así la angustia cotidiana

y saciando la sed de maravillas

que nos caracteriza como humanos.

Los clásicos ayudan a vivir,

y a morir, y a olvidar nuestras miserias,

y a no perdernos por el laberinto

sin Teseo ni Ariadna que es el mundo.

(En: Cuaderno de vacaciones, 2009).

Dibujo de Arturo Garrido (España, 1993).

Artista de la promoción XXIII de la Fundación Antonio Gala.

 


 

SAFO Y FAÓN

 

Desengañaos, Faón era una chica.

Safo no conoció el amor de hombre.

Ni falta que le hacía. En su cortejo

de una niña de formas opulentas

que llegó de Corinto, la llamaba

Faón, en masculino, y la vestía

de muchacho por morbo, comprimiendo

sus pechos indomables con ayuda

de un ceñidor y vendas a destajo.

Faón, un día, se cansó de tanta

presión y dejó a Safo por un chico.

(En: El reino blanco, 2010).

 


VERANO ETERNO

 

Hay quien nos dice: «Amigos, esta historia

ya no va a durar mucho. El invierno se acerca».

Y le decimos: «Somos caballeros

del verano. El invierno no llegará a alcanzarnos.

Mientras el cuerpo aguante,

cantaremos canciones para olvidar el frío.

En las canciones es verano siempre».

(En: El reino blanco, 2010).

 


Luis Alberto de Cuenca (España, 1950): Entre los premios que ha obtenido están el Premio de Literatura de la Comunidad de Madrid (2007), el «Julián Marías» de Investigación en Humanidades (2013) y el Nacional de Literatura (2014). Entre sus poemarios se encuentran La caja de plata (1985, Premio de la Crítica 1986), Por fuertes y fronteras (1996), La vida en llamas (2006), El reino blanco (2010), Cuaderno de vacaciones (2014, Premio Nacional de Poesía 2015), Bloc de otoño (2018), Después del paraíso (2021) y El secreto del mago (2023).

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).