LA CASA
La casa es una idea en construcción
Luis Izquierdo
Lo primero que puso de su casa fue el aire
–¿qué si no, ni qué antes que un aire cristalino,
en qué podría al fin consistir una casa
más que en límpido oxígeno colmando los pulmones?–.
El aire era la casa y su forma era aire.
Habitarla era solo inspirar y, espirando,
instaurar el espacio del aliento siguiente.
Y así, por donde iba, era su domicilio.
Estás equivocado –vinieron a advertirle–,
nadie puede vivir tanto tiempo al relente,
conviene que la cubras. Y, sumisa alfarera,
su mano fabricó al punto una techumbre
y al cielo un cielo raso impuso que evitaba
el calor y la lluvia –y la luz de la dicha–.
Desde entonces la cúpula es suelo en que los dioses
zapatean su danza de tiempo y extravío.
Luego, se volvió loco: deseó una ventana
a que asomarse –dicen que toda perdición
amanece a su noche con el sol de un deseo–.
Una ventana solo es la tregua de un muro.
Enmarcó el horizonte con cemento y veló
su fulgor con la falsa translucidez de un vidrio.
Ver se hizo vislumbrar y mirar ser mirado
tal vez, unos postigos sellaron su ceguera.
Los tabiques pidieron medianiles, peldaños
subieron persiguiéndose hasta hacerse escalera
y, para que esta fuese, no concibió otra traza
que dividir la casa en pisos: dependencias,
cámaras, galerías surcadas de pasillos
trazaron corredores abiertos a crujías,
sótanos excavados cada vez más arriba,
zahúrdas erigidas cada vez más abajo.
Puso después armarios donde guardar estantes
repletos de cajones, colgó de las paredes
cuadros que representan el cielo que no puede
ya ver por la ventana. Tuvo por fin el miedo
del que tiene: cerrojos clausuraron las puertas,
cerrojos los cerrojos, un foso impide el paso
a la alambrada, cien cerberos dentellean
impresencias. Ya nadie entra. Ya no sale nadie.
Ahora está dibujando los planos de la casa.
(En: Enveses 2018).
EL SALVAVIDAS
No es inútil amarse, finalmente.
Lo mismo que amaestrar serpientes, nos exige
técnica refinada y perder la vergüenza
de actuar frente al mundo en taparrabos.
Y unos nervios de acero. Pero amar es oficio
saludable también: su liturgia apacigua
el ocio que enajena –lo supiste, Catulo–
y perdió a las ciudades más felices.
Bajo la cuerda floja dispone –no pidáis
una red, porque tal no es posible– otra cuerda,
tan floja, tan inútil a veces, pero última
bajo la cual no hay nada. Y entreabre
ventanas que te oreen la cólera y exhiban
a tu noche otras noches diferentes, y así
solo el amor nos salva a fin de cuentas
del peligro peor que se conoce:
ser solo –y nada más– nosotros mismos.
Por eso, ahora que está ya dicho todo y tengo
un sitio en el país de la blasfemia,
ahora que este dolor de hacer palabra
con el dolor traspasa los umbrales
del miedo, necesito de tu amor analgésico;
que vengas con tus besos de morfina a sedarme,
y rodees mi talle con tus brazos haciendo
un salvavidas, para impedir que me hunda
la plomada letal de la tristeza,
que me pongas vestidos de esperanza,
aunque me queden grandes como a un niño
la camisa más grande de su padre,
que administres mi olvido y el don de la inconsciencia;
que me albergues de mí –mi enemigo peor
y más pugnaz–, que me hagas un socaire,
aunque sea mentira –porque todo es mentira
y la tuya es piadosa–, que me tapes los ojos
y digas ya pasó, ya pasó, ya pasó
–aunque nada se pase, porque nada se pasa–,
ya pasó, ya pasó, ya pasó, ya pasó.
Y si nada nos libra de la muerte,
al menos que el amor nos salve de la vida.
(En: Los arrancados, 2002).
GUSANOS DE SEDA
Observa atentamente los gusanos de seda
y así comprenderás la vida, te dijeron.
La caja de zapatos era un cuadro de Mondrian
atestado de huevos y de días de espera
y decepción: hoy no ha pasado nada
tampoco, anotabas frustrado cada tarde
con minúsculas de entomólogo arrepentido.
Nunca se olvida el júbilo de la primera larva,
tan hermosa. Se anuncia con el pasmo
de la revelación y todo entonces
se hace recolectar las hojas de morera,
contemplar cómo aumenta la prole, retirando
restos de piel mudada y finalmente
instaurarse la estólida rutina del adulto.
Lo mejor viene luego, te explicaban: la oruga
segregará el hilo de la seda y con él
se envolverá en capullo y, a la postre,
se convertirá dentro en mariposa.
Quizás ocurrió así, ya no te acuerdas,
o quizás te cansaste de esperar que en tu caja
sucediese de nuevo lo que siempre sucede.
De la vida aprendiste solamente dos cosas:
que a menudo las alas no confieren el vuelo
y que Mondrian jamás usaba el color verde.
Pero nunca has perdido desde entonces
la inquebrantable fe de la crisálida.
(En: De mudanzas, 2020).
CATÁBASIS
Sales de casa al filo de ti mismo. Necrópolis
de vivos, la ciudad te espía entre cipreses
y sospecha que buscas aquello que perdiste,
y no entiendes qué es. Y no te tiene lástima.
En medio del camino de la vida te sabe,
sin dirección. Te enfocan las luces del crepúsculo
y desfallecen. Pasas junto a la vieja iglesia:
los dioses han dejado de creer en nosotros,
porque les dimos miedo. Te saludan,
con la mirada mate de la hulla,
tres almas enfundadas en sus cuerpos
insepultos: van al baile de máscaras.
En los parques el viento arremolina
portadas de periódico que informan
del fin del fin del mundo. ¿Qué canción
te sacará de allí, rota tu lira?
¿A qué rama aferrarte, si te hundieses?
En las sesiones golfas de los cines
se proyecta el futuro en versión
original, oferta dos por uno.
El diablo sabe que eres como él,
el más sabio de todos los idiotas,
el más héroe de todos los cobardes,
el más alegre de los hombres tristes,
y no puja por ti. Al Paradise
no permiten entrar con tus sandalias
de pecador. Y ya es la del alba,
y un día más esta ciudad te observa
de reojo regresar despacio al purgatorio
de tu casa como vuelven los héroes:
con las manos vacías de esperanza
y esta injustificable fe en el hombre.
(En: El campamento de los aqueos, 2022).
ANOCHECER EN MONASTIRAKI
Incomprender el mundo. Esta tarde
en esta terraza de Monastiraki,
con una copa de retsina, iluminado
por la sagrada sombra de la Acrópolis,
sabes bien que esa es la auténtica misión:
incomprender el mundo. Los turistas
y los gatos regresan de aplaudir
la caída del sol en el Areópago.
Atenas anochece apenas sin dolor.
No hay un sitio en el mundo donde mejor se sienta
que todo ha sido inútil aunque haya sido hermoso.
Esta arena que pisas contiene todavía
fragmentos de la copa de Sócrates, Pericles
bajó por esa cuesta ya enfermo de la peste.
Ahí mismo, donde ese camarero
esboza con tres pasos torpones un sirtaki,
alguien mató a los dioses hace mucho. También
tú has matado lo tuyo por el sueño
griego de la razón, la gran metáfora.
Pero no te arrepientes. Tú anocheces
apenas sin dolor también y das por bueno
que todo ha sido hermoso aunque haya sido inútil.
Ahora eres solo otro turista más
que pasea sin rumbo entre las ruinas
abandonadas ya del pensamiento
–si hoy es martes, debe de ser Platón
quien nos explica el mundo inexplicable,
si es miércoles, Byung-Chul Han–,
y, cuando cae el sol, aplaudes indolente
y buscas con tu gato una terraza
donde tomar tu copa de retsina
e incomprender perfectamente el mundo.
(En: El campamento de los aqueos, 2022).
Arte Gráfico de Irina Tall (Novikova).
Graduada de la Academia Estatal de Culturas Eslavas
Javier Velaza (España, 1963): Es catedrático de Filología Latina en la Universidad de Barcelona. Sus líneas de investigación principales son la epigrafía romana, la paleohispanística, la historia de la transmisión textual y la literatura clásica, y ha publicado sobre estos temas numerosos libros y tres centenares de artículos. Investigador principal del equipo LITTERA (Laboratorio para la investigación y tratamiento de textos epigráficos romanos y antiguos), ha dirigido numerosos proyectos de investigación y ha organizado varios congresos. Pertenece a diversos comités y consejos científicos internacionales. En 2003 recibió la Distinción de Investigación de la Generalitat de Catalunya y en 2023 el premio Archiletras de investigación. Desde 2014 es miembro correspondiente del Instituto Arqueológico Alemán. Desde 2018 preside la Sección Catalana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. En 2021 fue nombrado miembro del Consejo Navarro de la Cultura y las Artes y. En la actualidad es decano de la Facultad de Filología y Comunicación de la Universidad de Barcelona. Como poeta, ha publicado Mar de amores y latines (Premio Ángel Urrutia, Medialuna Ediciones, Pamplona 1996), De un dios bisoño (Premio José Hierro, San Sebastián de los Reyes 1998), Los arrancados (Lumen, Barcelona 2002), Enveses (Premio Valencia, Hiperión, Madrid 2018), De mudanzas (Premio Tiflos, Madrid 2020), El campamento de los aqueos (Premio Melilla, Visor, Madrid 2022) y Autología (Planeta Clandestino, Logroño 2022). Poemas suyos han sido incluidos en varias antologías. Colabora habitualmente como crítico literario y musical con diversos medios de comunicación. Su obra Las ignorancias resultó ganadora del XXXVII Premio Internacional Loewe de Poesía.
CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).
