FRANCISCO MORALES SANTOS | REVISTA AJKÖ KI No 4

FRANCISCO MORALES SANTOS | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

 

EL ARRIBO DE UN HOMBRE

 

Recobrado el aliento

no en minutos sino en lapsos

como los que ha durado

el amor sin esperanzas,

un aliento que tiende a ser espada

mas para el pecho es tallo

de raíces bravas,

Teseo se levanta

por la sangre de un ser que no es el suyo,

en un siglo que lo aleja

de casa y de motivos,

de aquel cruel minotauro

trocado en miniatura.

Hoy Teseo no luce como un héroe.

Su papel de mortal del siglo veinte

con viejas experiencias

se impone frente al miedo

y aquello que parece invencible

se retira como una fútil sombra.

(En: Al pie de la letra, 1987).

 


 

CONFESIÓN A PENÉLOPE

 

El devanar la espera

prudentemente en husos

de incógnitas medidas

le ha valido ganar mis simpatías,

señora cuyo rostro hasta ayer

desconocía

mas hoy se me revela

en la anónima vecina,

una entre mil,

que borda en la tela de la luna

la efigie del amado.

Lo siento por Ulises,

maestro del coraje,

pero usted, señora,

ganó mis simpatías.

(En: Al pie de la letra, 1987).

 


 

OBSEQUIO DE VANGELIS

 

Para Lourdes Chávez

 

Acaso síntesis de una mujer delgada,

acaso su palabra

de recorrido breve

al oído del amante,

o sus cabellos o sus dedos

dentro de agua movible,

la melodía frágil asciende

convirtiendo

el recinto

en

una

flauta.

Tiene todo el acento

de un ánfora

que se vacía lenta

y tocada por el viento

en las márgenes del mito

canta a través de siglos.

(En: Al pie de la letra, 1987).

 


 

ENCUENTRO

 

Yo no puedo pensar como Odiseo

en que al volver a casa

encontraré a mi esposa

esperándome anhelante

con besos y sonrisas

pero veo una línea imaginaria

que me lleva a las líneas de su mano

y de estas a cada obra suya…

(En: Al pie de la letra, 1987).

 


 

MADRE, NOSOTROS

TAMBIÉN SOMOS HISTORIA              

 A Magdalena Santos

de  su hijo

 

1

 

El aire húmedo, viejo familiar nuestro, te puso en mi memoria

con tu vida presente y anteriores vidas.

Cerré entonces el libro para acercarme al hombre

formando multitudes, dejé correr las voces,

dejé que envejeciera la tarde por ser tarde,

perdoné la flojera del bus y los enviones

y me puse a pensar copiosamente, verificando los recuerdos

en el manual de tus oficios regios.

 

Fue como si el invierno penetrara al cuerpo con fuerza

recogida en australes latitudes,

como si desde lejos llegara una poesía torrencial acerca de ti,

en efecto, el hablar de ti, el hacerte lugar en mis palabras

conduce necesaria, invariablemente, a expresarlo de este modo.

Me pareció entonces que desde tu poniente

retomabas el sol a mi cerebro, permitiéndome ver más claramente

el presente y el futuro

como cuando en tu mano he leído mi pasado,

es decir, la niñez y años siguientes

por los cuales gastó su cuerpo de hoja.

 

Tan fina eres que entraste por mis ojos sin que te viera nadie,

sin que nadie aperciba nuestra plática larga

semejante al susurro de los pinos.

Siempre has sido discreta, como el lápiz coautor de esta crónica

donde exalto tus quehaceres domésticos

y el libro destinado a recoger tus señas y rústicos cantares.

 

Precisamente, madre, no quiero hablar de ruidos

bajo los cuales pasa mi corazón las diarias

y persistentes pruebas de insensibilidad;

prefiero reseñar el tiempo que a ambos nos corresponde:

tiempo cereal, tiempo que reverdece en el poema.

 

El aire húmedo que referí al principio traía un alfabeto

de abejas y gorriones, pero tu voz más poderosa

que todos los sonidos,

tu presencia más luminosa que todas las estrellas,

no requieren intérprete o música de fondo.

 

Eres, en realidad, de hábitos menos portentosos

lo que te hace pasar inadvertida,

mas yo que te distingo en el fondo de mi infancia

como la luz de un faro, sé cuánta maravilla

obra en ti bajo el silencio.

 

Déjame recordar tu llama por la que mi estatura

fue solidificándose,

déjame recordarte pequeñita de cuerpo, con el temor de hallarlo

rajado por el peso que impone la pobreza,

déjame recordarlo en los días de mercado, con cargas, recorrido

y sudores obligados,

con una primavera metida en el canasto,

con una primavera que al cabo de los años he visto en la terrestre

pintura de Tamayo,

con una primavera que nunca fue pagada a su debido precio;

déjame recordarte allá lejos, en el tiempo,

como la suave patria, descalza y sin temores.

 

(Madre enciende la luz entre las fauces severas de la noche.

Los grillos y yo hacemos el canto para darnos confianza

nada menos que frente a la tiniebla.

Ninguno aquí acostumbra decir:'Había una vez...',

etcétera. Lo que se cuenta en pushitos de palabras

son hechos cotidianos que habrán de repetirse. La luz

es otro párpado próximo al reposo.)

 

En el campo el alumbrado público eran las luciérnagas,

débiles, por cierto, ante el grosor de la tiniebla.

No temía a su fulgor intermitente sino al ímpetu del trueno,

al impromtu de las aves nocturnas

y a la reminiscencia de un cuento sobre aparecidos,

pero asido a tu mano no variaba el pulso

que era un forma de crecer sin darme cuenta.

 

No puedo recordarte sentada en una silla por más de media hora,

pues desde que fundaste la casa con mi padre

ella fue como anhelabas: un campo de ejercicios para atacar el ocio.

 

Mientras hago lugar a otros recuerdos, permitirás que alabe

tu habitual sencillez y las sorpresas de tu conocimiento

que junto con tu rostro conservaré en este poema.

 

En tu campo de ejercicios tus manos lo eran todo:

clareaban la cocina antes que amaneciera y el canto de los gallos

deseara buenos días,

recogieron el fuego de los siglos,

detuvieron el hambre para que nuestras vidas tuvieran su futuro,

y siempre siempre estaban aplaudiendo victorias

sobre ocupaciones,

cosa que he festejado como si se tratar de un solemne

alboroto de palomas.

 

La luz que dosifico sobre mis actitudes civiles y a las claras

proviene de tu cara vista hace mucho tiempo

cuando para alcanzarla tenía que empinarme.

(¿Qué edad tendría entonces?)

Recuerdo que mis días estaban protegidos

por ese mismo cielo sereno de tus ojos.

 

Te he de recordar siempre

como un enorme río en la geografía del afecto,

hablaré de tus prodigios para reinventar la esperanza

y de cómo transformaste en espada tu lamento

la vez en que la muerte llegó a escasa distancia

inquiriendo por mis huesos;

siempre he de recordarte con esa bondad ciega que supo

darle crédito a nuestras ocurrencias,

pondré en primer término los besos con que abrías

la marcha de mis sueños.

Te he de recordar siempre como una tejedora de diálogos afables

para ojos apagados y corazones grises.

(En: Madre, nosotros también somos historia, 1998).

  


 Francisco Morales Santos (Guatemala, 1940): Es el primer poeta guatemalteco de origen maya kakchiquel. Cofundador del grupo de poetas Nuevo Signo, con José Luis Villatoro, Roberto Obregón, Luis Alfredo Arango, Delia Quiñónez, Antonio Brañas y Julio Fausto Aguilera. En 1998, el Ministerio de Cultura y Deportes le entregó el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias” y en 2009 la Universidad de San Carlos de Guatemala le otorgó la distinción Emeritissimum. Escribe poesía y narrativa. Muchos de sus poemas han sido traducidos a varios idiomas como el quiché, el inglés, el francés, el portugués, el italiano y el ruso. La mayoría de sus poemarios están reunidos en la antología personal Asalto al cielo. Ha publicado cinco libros para niños.

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).