UN IMPORTANTE TESTIMONIO VIGENTE
Por: Guillermo Fernández[1]
Edmundo Retana (1956), poeta, teólogo y librero, ha publicado El incendio del ser (2024, Ed. Oro Viejo), un poemario conformado de tres partes, “Rescoldos”, “Llama viva” y “Trazos de fuego”. Los poemas son confesiones de una lograda intuición y enseñan que la concisión es un oficio, un arte, como ya han declarado algunos. Son poemas breves pero densos. Podríamos indicar que el poeta se comunica con el alma de una época que atardece –generaciones del cincuenta, sesenta y setenta–, y que logra traducir un sentir colectivo con rotunda naturalidad.
La primera parte, “Rescoldos”, reúne un grupo de intensos poemas que nos recuerdan los fugaces prodigios de Ungaretti o alguna poesía china. Se trata de 16 poemas que exponen con certeza la idea de ser brasas palpitantes de la memoria. Solo esa sección presenta a Retana como un poeta que ha podido labrar la poesía y convertirla en un modo genuino de expresar sus recuerdos con relevancia, significado, ternura, veneración, síntesis. Sin duda, consiguen conmover y dejar huella en el lector mediante una experiencia estética elevada. Son auténticas piezas de una biografía que se salva gracias a la dignificación del verbo. En “Primero de noviembre”, por ejemplo, se narra una historia que ofrece, por decirlo así, la posibilidad de una predestinación: “El día que nací / el carretonero subía la cuesta / vendiendo frutas, / de la tierra / subía un olor / a hierbas recién cortadas, el loco del pueblo / llevaba en sus ojos / los restos de un naufragio, / las mujeres / cantaban / sus dolores viejos / y bajaban la cuesta / con ramos de flores / para llevar a sus muertos”.
A este le siguen esas brasas que aún no son cenizas, que persisten con formidable influencia, como “Tía María”, un querido espíritu que vaga; “La lavandera”, el surtido de los sueños sobre la ropa sucia; el legado del amor presente en “Madre”; un poema misterioso, “El ángel del barrio”; el encuentro con Rosa en el parque mágico, como un vals cósmico; las despedidas en “Bolero I” y “Bolero II”; la noche de los bosques en “Gestación”; un original poema de amor en “El duelo”; la voz que dice: “Por eso te sigo buscando, / sin remedio / entre pañuelos / y puñales”, la misma voz que exclama: “En las calles / somos un papel / que el viento herido lleva”, y la voz que añora: “En tu adiós / un falso otoño / llenó de hojas secas / los jardines”.
En la segunda parte, “Llama viva”, encontramos poemas hondos, que barruntan la impotencia humana y la alternativa que brinda la poesía al ser humano: siempre enfrentado a los grandes interrogantes, cuando no a los dolorosos sentires: “En una esquina / mirando morir / la tarde,/ me pregunto / cómo sería / un poema / que alumbre / como una llama / la noche que llega”. Una poesía lábil, melancólica, una “canción / escrita en soledades” solo es capaz de asumir la sinceridad como única arma, a pesar de que nada puede ser anunciado como una victoria. Retana sabe ya en qué consiste la vida, no se hace ilusiones y desde el fondo de sí mismo, exclama estos versos de una vertiginosa verdad, una verdad que promulgan las más viejas religiones del mundo: “En los espejos de la niebla / ya no queda / ni un rastro de mi nombre”. Véase, por ejemplo, “Huellas”: “En mis dedos / la sensación / de dejar / siempre / algo / caer, / de vivir / en la niebla / como si fuese mi territorio”. O la extrema sentencia resignada: “Nos acecha el caos / de este tiempo sin márgenes / la simiente de destrucción / que hay en cada voluntad humana”. De ahí que pueda escribir también un poema como “Palabras”, el cual es toda una invocación a la fuerza que tiene en sí mismo el lenguaje, el lenguaje como declaración de fe, como eco bíblico del Verbo.
En “Trazos de fuego”, última parte, Retana se dirige al dolor colectivo, y más específicamente, encara los problemas básicos del planeta, como es usual en ciertos artistas que tuvieron el sueño utópico y que, luego de la decepción, no dejan de insistir como mala consciencia en lo que se asume como paisaje disimulado o integrado a nuestra realidad, como es nuestra realidad sin valores. “Nocturno” es prueba de ello: “Hay un silencio que hiere. / Un silencio / que cae / espectral, / oscuro, / un millón de veces / más oscuro / y denso / hasta rasgar / el alma / de todo lo vivo. / Es el silencio / de los niños que mueren”. A este respecto, el silencio culpable de nuestra civilización se ha hecho cotidiano. No hace mucho tiempo, después de la Segunda Guerra Mundial, se esperaba que naciera una nueva sensibilidad centrada en los derechos humanos. El arte se convirtió en medio de comunicación de una consciencia universal que condenaba el genocidio y la injusticia. Se hacía necesario que el artista tomara una posición ante los totalitarismos. Al parecer, con el paso a la posmodernidad los valores se volvieron en ínsulas personales. El drama humano puede resultar incluso una visión relativa. La sensiblería, alentada por los medios de comunicación, sustituye la verdadera sensibilidad y más allá de esto, del conocimiento y la reflexión. El arte se vuelve confortable, espurio o manso. Puede rellenar un espacio en una sala o engordar una biblioteca. Por esta misma vía, la voz de Retana sentencia en “Distancias”: “Mientras vos y yo / hablamos de pequeñas alegrías / y mínimas tristezas / alguien mira / con espanto / el cielo del desierto, / alguien espera en un refugio / el día siguiente / mientras vos y yo caminamos, / elegimos el color de una camisa, / alguien deambula por su ciudad en ruinas, / … mientras vos y yo sonreímos / a la vida que florece / en este invierno”.
El desaliento es reconocido por el poeta en todo este poemario escrito con trazos de fuego. Sin embargo, ofrece peculiares expresiones de esperanza que no son gratuitas. Estas se afirman sin rubor. Es como si el poeta quisiera boicotear su propio pesimismo tomando fuerza de una necesaria resistencia, como en “Razón de esperanza”, donde este se contradice al decir que posee esperanza y luego que la presiente, lo cual evidencia su lucha interna: “Me preguntás / por qué conservo la esperanza. / Y te digo, / algo en mí / se aferra al impulso / que la engendra. / Algo en mí / la presiente / en el cauce de las estaciones, / en el pulso secreto de las horas. / Y se niega a morir sin ella”.
El incendio del ser es un poema que reviste los atributos de las percepciones de toda una generación, cuyo rostro se desintegra en las nuevas distopías cumplidas. Hay un tono de dignidad y de persistencia en sus versos que lo convierten en un importante testimonio vigente.
Bibliografía:
Retana, E (2024). El incendio del ser. Oro viejo editores.
[1] Nació en el año 1962, San José, Costa Rica. Es autor de los géneros de poesía, cuento y novela. Se graduó de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Labora como editor y profesor. Ha recibido algunos reconocimientos como el Premio Joven Creación. 1982; Premio 59º Juegos Florales de Guatemala. 1997; Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría. 1997, Premio Nacional de Cuento, 2013 y Premio Nacional de Novela 2020.
