¿PUEDE SER LA TRADUCCIÓN UN BARCO Y LA POESÍA SUS TRIPULANTES?
Por: Yordan Arroyo[1]
Esta primera antología traducida al italiano no puede denominarse común y corriente. Si bien es cierto todos los años se publica una antología de los prestigiosos Encuentros de Poesía Iberoamericana en Salamanca, en este caso, su director, el poeta peruano-español Alfredo Pérez Alencart inauguró un acueducto cuya arquitectura capta poderosamente mi atención. Me asomo por sus grietas y me es imposible no frenar mi coche para contemplar dos grandes vistas que tengo al frente: Grecia y Roma, ¿acaso no las ven ustedes?
Si prestamos detenida atención, el título de esta embarcación resulta bastante certero Aquende y allende, dos adverbios locativos que me remiten a la lengua latina, a buena parte de nuestros orígenes, en palabras de mi admirado profesor y poeta Juan Antonio González Iglesias, como “romanos castellanos”. Si tales palabras, cuya quizás mayor eclosión se dio en la edad media, son compuestas, ¿cómo no podríamos serlo nosotros, seres híbrido-mestizos? Y es que entre más trato de comprender las dimensiones de nuestra lengua (bosque mutante si acaso nuestro), menos me importa el valor de un pasaporte o de una tarjeta de identidad. La patria del poeta es la propia lengua; si se entrega a ella de corazón, mente, alma, no puede ser otra. En poesía todos somos seres balbuceantes, ¿no? Seres obsesionados con buscar una o mil razones en el lenguaje, con hallar un ancla adecuada para amarrar nuestro timón a la mudez, resistencia y vértigo frente a los ruidosos mares de hoy.
Aquende podríamos quizás concebirlo como la evolución lingüística de hinc + índe y allende, de illinc + índe. ¿Cómo ignorar esos sparidae antiquísimos que reposan, todavía, en nuestra pecera, lanzando cientos de preguntas sin respuesta? Hablamos de un sitio y de otro, de la experiencia de ser nómadas, de desplazar-se (de una tradición a otra, de un continente a otro), de sentir el valor de la historia en tanto seguimos siendo animales políticos-politizados. Pero no animales de cualquier atmósfera geográfica, más bien de dos tipos de vino que reinan todavía en nuestras ánforas castellanas. ¿Qué mejor manera de rendir tributo a tal embarcación y a sus tripulantes traduciendo este libro a la lengua de Dante Alighieri?
Allá en Italia habita un traductor, cuyo nombre, Vito, me remite, extraordinariamente, a los orígenes de una tierra costarricense en manos de migrantes italianos, trasladados a aquel país, en 1950, por la Società Italiana di Colonizzazione Agricola. Me refiero a San Vito de Java, hoy conocido como San Vito de Coto Brus. Fue la Segunda Guerra Mundial la que provocó un desplazamiento abrupto de italianos a lo largo del mundo, haciendo valer, cada vez más, ese aquende y allende del que también han sido parte muchos españoles republicanos, quienes huyeron del franquismo a tierras hispanoamericanas en busca de auxilio.
¿Acaso no fue la fundación de Roma gracias también a una guerra o será eso un invento más de esos seres Rarosque Rubén Darío llamaba poetas? Si es así, ojalá y sigan inventando locuras porque al menos, el puente que inició en Nuestra América con la conquista de los pueblos prehispánicos no ha dejado de nutrirse y hoy los desplazamientos siguen siendo bilaterales. Entre otros, de Europa a América y de América a Europa. La poesía nos proyecta este mercado de transferencias, de trasplantes culturales como lo decía Pedro Henríquez Ureña, pues ella misma, creo yo, es continente Antípoda. ¿Qué piensan ustedes?
El propio Alfredo Pérez Alencart, principal responsable de esta hazaña de lenguas romances (castellano-italiano), es de aquende y allende, tal cual lo revelan sus versos, frutos de árboles españoles asturiano-gallegos, de semillas peruanas e incluso injertos sefardíes. En él y en sus versos se halla un proceso de identidades, de romanizaciones (desde Virgilio pasando por Horacio, hasta San Juan de la Cruz en España y en la Amazonía peruana), que dan forma a aquello que el rey del tambor universal, del Sóngoro Cosongo, Nicolás Guillén, llamaba un “Ajíaco”.
Aquí, Pérez Alencart ha reunido, más allá de valoraciones estéticas que no vienen al caso para este muy modesto comentario, una pluralidad de voces de setenta y siete tripulantes iberoamericanos de dieciocho países diferentes: Portugal, Panamá, España, Ecuador, Bolivia, Argentina, Costa Rica, Venezuela, Honduras, Colombia, Perú, Paraguay, Chile, México, El Salvador, Brasil, Uruguay y Cuba. Y entre ellos, son dos los homenajeados, de Costa Rica y de España; dos gladiadores de uno y otro lado del Coliseo. Aunque todos del mismo árbol: la palabra.
Si Mía Gallegos, al traer, en 1983, a Platón amarrado a los coches de Medea es nuestra Diotima centroamericana y Jaime Siles al traer, en 1987, las Columnae de Horacio hasta la España postfranquista es uno de los poetas romanos castellanos más importantes de España, entonces, me permito hablar aquí de Mía de Grecia y de Jaime de Roma, poetae maiores graeci et romani, incluidos en un barco alejandrino que al viajar hoy, con un motor italiano, se acerca a un imperio cuyos restos siguen vivos a través de los mármoles de dos lenguas hermanas. Bienvenidos a bordo, el viaje es gratuito:
Bibliografía:
Pérez Alencart, A. (Comp.). (2024). Da questa e da quella parte. Vito Davoli, traductor. Edición digital.
[1] Poeta y lector apasionado. Máster en “Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia” de la Universidad de Salamanca, misma casa en donde es investigador predoctoral. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
