SERGIO GARCÍA ZAMORA | REVISTA AJKÖ KI No 4

SERGIO GARCÍA ZAMORA | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

 

EL PACIENTE

 

Qué ha sido mi vida,

sino la vida de un tonto en su cama de hierro.

Sería tan feliz como el mundo

si el mundo no fuese el gran hospital.

Lo épico son estas bandejas

repletas de frascos y jeringuillas.

Lo épico es el olor a cloroformo.

Converso conmigo como un paciente sin visita.

Detesto la buena salud de las sombras

porque será siempre la obra del sol.

No quiero una tos

de la que no pueda morirme.

Aspiro a la fiebre.

 

Qué ha sido mi vida,

sino la vida de un tonto, un tonto heroico

sobre la mesa de amputaciones.

Como mi brazo no era mi brazo, lo corté.

Como mi pierna no era mi pierna, la corté.

Ahora puedo tomar lo que yo quiera.

Ahora puedo viajar a donde yo quiera.

Ay del brazo y ay de la pierna

de los que solo saben apretar el torniquete.

Ay de los que prefieren la podredumbre

antes que la libertad del tajo.

Ay de los mutilados sin mutilación

que asisten a compadecernos.

 

Qué ha sido mi vida,

sino la vida de un tonto en su silla de ruedas.

Me han llevado a pasear por los jardines,

por los jardines de un manicomio.

Dime que ha llegado la hora de levantarme,

la hora de ponerme de pie

como el Auriga de Delfos,

como el joven vencedor de las cuadrigas.

Este es el nuevo carro de fuego.

Dime que tirarás de mí, Poesía,

que no volverán a empujarme,

que no volverán a conducirme

espíritus más débiles que el mío.

(En: Los maniquíes enfermos, 2021).

 


 

LA NOCHE EN EL HOSPITAL

 

En eso los poetas son iguales a todos los hombres: detestan los hospitales. Quisieran estar siempre de paso. Pueden consentir en hacerle la visita al amigo, al familiar remotísimo; pueden incluso fingirse enfermos para complacer al lector. Pero no resisten más de una noche. La noche en el hospital. Ese sería un poema tremendo. Un poema visceral, sanguíneo. Lleno de vendas y suturas y copos de nieve que de pronto enrojecen. Lleno de tos junto a tu cama. Lleno de fiebre. Lleno de niños con escalpelos queriéndote ver el corazón. Llenos de enfermeras que solo tienen para ti actos de amor. La aguja hipodérmica fue un acto de amor: la inventó Alexander Wood, médico de Edimburgo, para suministrarle morfina a su esposa que padecía un cáncer incurable. Por eso los poemas de hospitales son uno o dos en cada libro. Los poetas no resisten el olor. Se desmayan a media página. Salen con un pañuelo en las narices y entran en la primera confitería que encuentran. Alegan después que fueron a comprar figurillas de mazapán. En eso los poetas son iguales a todos los hombres: detestan los hospitales como detestan los museos de cera, los palacios de gobierno, los cuarteles. Pasan una noche en el hospital y solo escriben esto. O no escriben: regalan la idea del poema, se guardan el título.

(En: Los maniquíes enfermos, 2021).

 


 

EL JOVEN DE LA CAJA

 

El joven de la caja no importa.

Pasa sin rostro junto a nosotros.

Se vuelve invisible.

Adentro de la caja está su rostro

perfectamente doblado como una camisa,

perfectamente horneado como un pan,

perfectamente armado como una bomba.

No recordamos a alguien,

no recordamos el nombre de alguien

que lleve una caja.

¿Cómo puede tener importancia

alguien que carga una caja?

 

El joven de la caja es un nadie,

aunque lleve las cenizas de tus padres

o la ceniza de tus hijos.

Prueben a vestir al joven con diamantes.

Prueben a cubrir la caja con diamantes.

Y el joven de la caja seguirá sin importar.

Dirán:

           Debe ser importante

alguien que tiene por mensajero

a un joven vestido de diamantes.

           Debe ser importante

alguien que recibe por entrega

una caja cubierta de diamantes.

Eso dirán, eso diremos.

 

El joven de la caja, el gran nadie que nunca importa.

Adentro de la caja está su rostro

perfectamente idéntico al rostro de todos.

(En: Los maniquíes enfermos, 2021).

 


 

EL TRISTE Y EL ENTRISTECIDO

 

El triste nació triste y va a morirse feliz en su tristeza. Lo penoso es el entristecido. En qué dictadura o cumpleaños agarró esa mala gripe. Una gripe igual a la salud del triste. El triste es toda secreción. Lagrimea. Tiene un nudo gordiano en la garganta. Para desatarlo el triste se degüella. Entonces dicen que es un cobarde por degollarse, pero es solo un triste. O un triste cobarde. El entristecido, en cambio, tiene los ojos de la fiebre. Las lágrimas se le evaporan. Todo en él es desierto y frialdad de desierto. El entristecido no se degüella, sino que tiene familia. Trabaja, hace las compras, lee el diario triste de los entristecidos. Lee la tristísima noticia de un suicidio. El triste suele ser rico y el entristecido suele ser pobre. Se paran uno frente al otro y solo ven un espejo. El triste dice que él se parece al mundo. Pero todos saben que el mundo se parece al entristecido.

(En: Los maniquíes enfermos, 2021).

 


 

EL SALVADO

 

Estoy a salvo de que me envíen cartas,

de que me envíen lirios y botellas de vino.

Nadie sabe que prefiero la cerveza y los girasoles;

que encuentro bellísimas las pipas y cigarreras,

aunque nunca fumo.

Amo el café y la conversación

que para algunos necios es un lujo.

 

Estoy a salvo de que conozcan

más de mí que de mis libros

porque en mis libros son horribles las noticias

y pasan de página como de canal en la tele,

apagan y se acuestan

pensando que mi vida es mejor que sus vidas

y que soy como tantos un hipócrita,

un hipócrita escritor, su hermanastro,

su semejante que jamás llamarán igual.

Nada de un padre que columpia

en las tardes a sus hijas

y sonríe viendo cómo sonríen;

nada de un hombre al que le duelen las rodillas

y teme por los dineros y el poco trabajo;

nada del esposo joven que ha engordado

con una esposa hermosa todavía.

 

Estoy a salvo de los editores caníbales,

de los ejemplares de tapa dura

como tapa de ataúd,

de las letras doradas en cubierta

como dorado epitafio.

 

Estoy a salvo de los homenajes,

salvo del homenaje de la vida hacia la vida

que se gana y se pierde viviendo.

 

Estoy a salvo de saber cuáles son mis mejores poemas,

los memorables, los trascendentes,

los que te hacen creer que estás a salvo

y que ya no necesitas escribir.

 

(En: Los maniquíes enfermos, 2021).


Sergio García Zamora (Cuba-España, 1986): Nació en Cuba, reside desde hace varios años en España. Graduado de Filología Hispánica por la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas. Autor de más de una docena de poemarios, entre los que destacan: Resurrección del cisne (Premio Rubén Darío, Fondo Editorial del Instituto Nicaragüense de Cultura, 2016); El frío de vivir (Premio Loewe a la Creación Joven, Visor Libros, 2017); Diario del buen recluso(Premio Gabriel Celaya, Editorial Erein, 2018); La canción del crucificado (Premio de Poesía Blas de Otero de Majadahonda, Sonámbulos Ediciones, 2018); Los uniformes (Premio Jorge Manrique, Editorial Cálamo, 2019); Los conspiradores (Premio Juan Alcaide, Editorial Verbum, 2020); Informe del alucinado (Premio Nicolás del Hierro, Ayuntamiento de Piedrabuena, 2023) y El río de los derrotados (Premio Hispanoamericano José Carlos Becerra «El otoño recorre las islas», Editorial El Arco y la Flecha, México, 2024). Actualmente radica en Paredes de Nava, Palencia (España).

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).