ALFREDO TREJOS | REVISTA AJKÖ KI No 4

ALFREDO TREJOS | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

A MISHIMA

 

La poesía no puede, al fin y al cabo, provenir de lo intacto. De un mismo lugar y una misma forma todo el tiempo. Así el corazón, la casa y el día se rompen una y otra vez —y la poesía emerge de todo esto, de su fealdad, de su carencia, de sus vasijas hechas polvo. De los pedazos apenas movidos —pero movidos— por el viento o por el agua. Pedazos, partes, piezas que, como pequeñas langostas, siguen siendo aquel corazón, aquel día, aquella casa, aunque devastados. Porque la poesía no proviene de algo nuevo y en perfectas condiciones: lo hace de la decrepitud, del hollín y la lesión. Dolor y gozo deforman lo que tocan —y es de los amasijos que proviene la poesía, no de la mente ilesa ni mucho menos del cuerpo ileso. Porque la poesía es la joroba y no la espalda recta. Porque la poesía es, precisamente, el dedo aplastado y el ojo que falta.

(En: Los nombres propios, 2024).

 


 

DELEUZE SALTA DESDE SU VENTANA

 

Deleuze salta

desde su ventana

porque ya no puede respirar.

Salta

como un salmón

fuera del río: se ahoga

en su estudio, se ahoga

en su lecho, se ahoga

en su mujer. Se ahoga.

Y salta hacia París

como una trucha arcoíris,

arrastrando ceniceros

y botellas de oxígeno

—y el asfalto lo recibe,

caliente y perfumado.

 

Como clavadista

en una trusa, Deleuze

salta de entre su dolor

y su vajilla, corriendo desde

el otro lado de la habitación

con el desayuno aún tibio

en su boca. Elige para sí

el mar de la ventana,

el ondulado pan de las aceras,

el corto vuelo de quien sale

a tomar aire y se desploma

imitando a los ladrillos

en su escasa flotabilidad.

Deleuze, los ladrillos, las plumas

y el diente de león: a la larga

todos caen.

Y cae, Deleuze

—y muere, como todos,

lleno de pendientes,

con alguna deuda en la clínica

o en la carnicería. Como quien

evade la belleza y el ahogo.

 

Sus pulmones

se han quedado hasta la noche,

a nivel de la calle,

y parecen tomar

una larga bocanada

de silencio.

(En: Los nombres propios, 2024).

 


 

PEQUEÑO POEMA SOBRE EL ADIÓS

 

Despedirse

es contar una historia

muy distinta. Así

no fueron las cosas.

(En: Los nombres propios, 2024).

 


 

CUERPOS OPACOS

 

De repente, un día, el amor amanece boca abajo en un fermento de lo que fue. Se ha volteado durante la noche sobre su almohada de escombros y murmura cosas contra sí mismo: se le escapa un silbido tísico al que acuden todas las palabras que jamás lo definieron. Una mañana el amor ensaya el odio y le queda perfecto. Es un odio reciente, anticipado y cuadrúpedo. Un odio que se asoma por entre las dunas como

una bestia curiosa. Un odio cuyo nombre le fue dado en un zoológico. Un animal abundante, de los que apenas nacen y ya andan. A primera hora, un día, el

amor amanece de bruces y babea. Está bajo su propio eclipse de cuerpos opacos y lo sabe. Y el odio en las mismas coordenadas, cosido a la letra y al lecho, evaporándose. Volviéndose rocío sobre una tabla de madera —un rocío ácido como el zumo de los ojos.

Y lo amado ahora se detesta con buena música: ya no parece bello, ni pacífico, ni imprescindible. Solo se detesta, solo tiene el rostro al revés como un sello postal ante un espejo. Por alguna razón el odio se hace cargo del amor en su miseria.

 

(En: Los nombres propios, 2024).

 

 


 

VACIAR MIS CUENTAS

 

Ganas de tomar los últimos pesos

e irse un rato a las calles.

De pedir café y tostadas

en una esquina anónima. De hacer

un último gran despilfarro

que sacie con polvo

a la miseria inmóvil. Ganas

de ver por los aires

al brillante óxido del dinero.

De vaciar las alcancías

sobre un plato de carne

bien aderezada, un perro caliente,

una cerveza, un paquete de tabaco

—algo así como llamar

a una mujer y decirle: «quiero

vaciar mis cuentas en tu boca.

Quiero verte hablar

toda la tarde».

(En: Los nombres propios, 2024).

 

 


Alfredo Trejos (Costa Rica, 1977): Hizo estudios en Antropología y Filosofía en la Universidad de Costa Rica. A la fecha ha publicado once poemarios y dos antologías personales, siendo Los nombres propios (Editorial Costa Rica, 2024) su obra más reciente. Además, ha ganado el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía en dos ocasiones, 2012 y 2018. Durante varios años ha mantenido su espacio de creación y apreciación poética llamado “Tráfico de Influencias/Taller-Laboratorio” y su labor como consultor literario, desde la que ha participado en la corrección y edición de numerosos libros de otros autores costarricenses.

 

CURADURÍA: Sean Salas (Costa Rica).