A MISHIMA
La poesía no puede, al fin y al cabo, provenir de lo intacto. De un mismo lugar y una misma forma todo el tiempo. Así el corazón, la casa y el día se rompen una y otra vez —y la poesía emerge de todo esto, de su fealdad, de su carencia, de sus vasijas hechas polvo. De los pedazos apenas movidos —pero movidos— por el viento o por el agua. Pedazos, partes, piezas que, como pequeñas langostas, siguen siendo aquel corazón, aquel día, aquella casa, aunque devastados. Porque la poesía no proviene de algo nuevo y en perfectas condiciones: lo hace de la decrepitud, del hollín y la lesión. Dolor y gozo deforman lo que tocan —y es de los amasijos que proviene la poesía, no de la mente ilesa ni mucho menos del cuerpo ileso. Porque la poesía es la joroba y no la espalda recta. Porque la poesía es, precisamente, el dedo aplastado y el ojo que falta.
(En: Los nombres propios, 2024).
DELEUZE SALTA DESDE SU VENTANA
Deleuze salta
desde su ventana
porque ya no puede respirar.
Salta
como un salmón
fuera del río: se ahoga
en su estudio, se ahoga
en su lecho, se ahoga
en su mujer. Se ahoga.
Y salta hacia París
como una trucha arcoíris,
arrastrando ceniceros
y botellas de oxígeno
—y el asfalto lo recibe,
caliente y perfumado.
Como clavadista
en una trusa, Deleuze
salta de entre su dolor
y su vajilla, corriendo desde
el otro lado de la habitación
con el desayuno aún tibio
en su boca. Elige para sí
el mar de la ventana,
el ondulado pan de las aceras,
el corto vuelo de quien sale
a tomar aire y se desploma
imitando a los ladrillos
en su escasa flotabilidad.
Deleuze, los ladrillos, las plumas
y el diente de león: a la larga
todos caen.
Y cae, Deleuze
—y muere, como todos,
lleno de pendientes,
con alguna deuda en la clínica
o en la carnicería. Como quien
evade la belleza y el ahogo.
Sus pulmones
se han quedado hasta la noche,
a nivel de la calle,
y parecen tomar
una larga bocanada
de silencio.
(En: Los nombres propios, 2024).
PEQUEÑO POEMA SOBRE EL ADIÓS
Despedirse
es contar una historia
muy distinta. Así
no fueron las cosas.
(En: Los nombres propios, 2024).
CUERPOS OPACOS
De repente, un día, el amor amanece boca abajo en un fermento de lo que fue. Se ha volteado durante la noche sobre su almohada de escombros y murmura cosas contra sí mismo: se le escapa un silbido tísico al que acuden todas las palabras que jamás lo definieron. Una mañana el amor ensaya el odio y le queda perfecto. Es un odio reciente, anticipado y cuadrúpedo. Un odio que se asoma por entre las dunas como
una bestia curiosa. Un odio cuyo nombre le fue dado en un zoológico. Un animal abundante, de los que apenas nacen y ya andan. A primera hora, un día, el
amor amanece de bruces y babea. Está bajo su propio eclipse de cuerpos opacos y lo sabe. Y el odio en las mismas coordenadas, cosido a la letra y al lecho, evaporándose. Volviéndose rocío sobre una tabla de madera —un rocío ácido como el zumo de los ojos.
Y lo amado ahora se detesta con buena música: ya no parece bello, ni pacífico, ni imprescindible. Solo se detesta, solo tiene el rostro al revés como un sello postal ante un espejo. Por alguna razón el odio se hace cargo del amor en su miseria.
(En: Los nombres propios, 2024).
VACIAR MIS CUENTAS
Ganas de tomar los últimos pesos
e irse un rato a las calles.
De pedir café y tostadas
en una esquina anónima. De hacer
un último gran despilfarro
que sacie con polvo
a la miseria inmóvil. Ganas
de ver por los aires
al brillante óxido del dinero.
De vaciar las alcancías
sobre un plato de carne
bien aderezada, un perro caliente,
una cerveza, un paquete de tabaco
—algo así como llamar
a una mujer y decirle: «quiero
vaciar mis cuentas en tu boca.
Quiero verte hablar
toda la tarde».
(En: Los nombres propios, 2024).
Alfredo Trejos (Costa Rica, 1977): Hizo estudios en Antropología y Filosofía en la Universidad de Costa Rica. A la fecha ha publicado once poemarios y dos antologías personales, siendo Los nombres propios (Editorial Costa Rica, 2024) su obra más reciente. Además, ha ganado el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía en dos ocasiones, 2012 y 2018. Durante varios años ha mantenido su espacio de creación y apreciación poética llamado “Tráfico de Influencias/Taller-Laboratorio” y su labor como consultor literario, desde la que ha participado en la corrección y edición de numerosos libros de otros autores costarricenses.
CURADURÍA: Sean Salas (Costa Rica).
